ÉTICA EN LA POLíTICA

Autor: José Manuel Ortíz Fuente: Yo Influyo

condeun  Cuando Habermas hablaba de un retorno a los orígenes de la política, en la que ésta se consideraba como una extensión de la ética y la polis (la ciudad) era el lugar en el que la persona humana se podría desarrollar plenamente, seguramente no ignoraba la realidad del hacer político actual, en el que la búsqueda y defensa del poder a como de lugar obstruye la búsqueda del bienestar para los todos los miembros de la sociedad.

Esta realidad de la política no es nueva, desde que existe una estructura de poder en las sociedades, existen fuerzas internas que buscan implantar su visión particular para el ejercicio del poder. Ahora bien, estas fuerzas se concretizan en personas, las cuales pueden ejercer el poder para beneficio de la comunidad o para beneficio personal. Es esa la intersección entre la política y la ética.

Si definimos la política (en sentido ideal) como el arte por el cual la autoridad pone los medios para el desarrollo de las personas de una comunidad (Bien Común) y la ética como la ciencia por la cual se determina la bondad o maldad de los actos humanos, siendo actos buenos aquellos que se hacen respetando la naturaleza de la realidad, podemos llegar a la conclusión de que la política será ética en la medida que cumpla con esa meta de poner los medios para que las personas se desarrollen plenamente (una vez más, el Bien Común).

Ahora bien, considerando que la realidad es muy necia, nos podríamos preguntar ¿cómo es que una actividad con fines tan nobles tiene una imagen tan negativa en la sociedad? Entre otras cosas, porque los ciudadanos hemos constatado que quienes se dedican a la política no necesariamente buscan el bien de la sociedad sino que buscan su beneficio personal o de grupo, porque en muchas ocasiones, los políticos, con sus acciones lesionan el tejido social.

La pregunta sería ¿es que la política no sirve?, nos parece que los planteamientos de esa política que busca el desarrollo de cada persona no están mal, el problema es que las personas que deberían de llevarlos a cabo no lo hacen. Bajo este argumento, lo que está mal no es la política, sino los políticos. Esta visión es mucho más adecuada, ya que la política como tal, es una actividad que es realizada por personas concretas que deberían de tener un comportamiento apegado lo más posible a principios éticos.

Tenemos entonces una política que no sirve para su fin porque tenemos políticos cuyo comportamiento no se apega a criterios éticos. ¿Qué comportamiento podríamos entonces esperar de un político cuyas acciones están regidas por la ética, lo cual, por consecuencia permitirá a la política alcanzar su fin?

Santo Tomás de Aquino, en De Veritate (q. I, ar. 1), considera que toda realidad tiene características esenciales en común, también definidos como trascendentales: la unidad, la verdad, la bondad (unum, verum, bonum). Si consideramos el fin de la política descrito anteriormente como la búsqueda del Bien Común y consideramos que la bondad de los actos depende de que se respete la naturaleza de las realidades, el ejercicio de la política, realizado por personas concretas, los políticos, será ético en la medida que se pongan los medios para que las personas se realicen plenamente, lo cual solo será posible en la medida que nuestros políticos actúen de cierta forma.

Primero que nada, con unidad de vida, coherencia, que su comportamiento sea lo más parecido a su discurso, no únicamente de forma o de pose. Por ejemplo, todos nuestros políticos hablan de Estado de Derecho, que no es otra cosa sino el respeto a las leyes y sus instituciones. Cualquier político que habla del respeto al Estado de Derecho y no cumple la ley o descalifica cotidianamente a las instituciones no puede ser una persona coherente, hay que desconfiar de él. La integridad o coherencia es una virtud que se debe de exigir a nuestros políticos para renovar la política.

Otro elemento que se debe exigir a los políticos, es el respeto a la verdad: A nadie nos gusta que nos mientan o que nos quieran engañar, se debe de pedir a los políticos que hablen con la verdad, que digan las cosas como son, no como quisieran que fueran, o como le convendría a su imagen, sino apegadas a la realidad. Tristemente, el ejercicio político se convierte en ocasiones en una feria de verdades a medias y de mentiras completas. Cualquier político que miente para lograr sus fines no debe llegar al poder, en este sentido es fundamental la transparencia en su ejercicio político y el cumplimiento cabal de sus promesas con evidencias, no con campañas mediáticas.

Debemos asegurarnos que nuestros políticos tengan un interés genuino en la búsqueda del Bien común, para las generaciones actuales y las futuras. Ese Bien Común, que no es otra cosa sino la creación de los medios para que los ciudadanos podamos cumplir con nuestros fines no es algo opcional ni una graciosa dádiva de quienes ejercen el poder. Cuando tenemos un grupo de legisladores que buscan cualquier pretexto para evitar que en nuestro país se concreten las reformas estructurales que nos permitan ser competitivos, podemos estar seguros que buscan cualquier cosa menos el bien del país, esos son la clase de políticos que desprestigian a la política. Debemos de tener también cuidado de los que ofrecen un bienestar en el corto plazo pero comprometen la viabilidad del país en el largo plazo. Esos políticos, que buscaron la popularidad del momento a toda costa, le hicieron un mal enorme al país, por eso debemos de pensar seriamente si las propuestas que nos hacen no implicarían, en caso de cumplirse, en un lastre para nuestros hijos.

Finalmente, los políticos deben de tener la capacidad de crear relaciones de confianza y armonía con las personas que los rodean. En un país como el nuestro, en el que las condiciones de la democracia implican necesariamente la creación de compromisos con personas de diversos grupos y características esta característica es fundamental.

El genial GK Chesterton, en su obra “Porqué me convertí al catolicismo” menciona: “Existe entre los hombres una curiosa especie de agnósticos, ávidos escudriñadores del arte, que averiguan con sumo cuidado todo lo que en una catedral es antiguo y todo lo que en ella es nuevo. Los católicos, por el contrario, otorgan más importancia al hecho de si la catedral ha sido reconstruida para volver a servir como lo que es, es decir, como catedral”. El problema de nuestro tiempo, es que se ha empleado un gran esfuerzo en describir la política: relatar cómo se hace, publicar el escándalo, “lo que se ha hecho”, “lo que se podría hacer” y se ha olvidado lo fundamental: para qué es la política y cuáles son sus fines, que deberían de ser ayudar a cada persona a desarrollarse plenamente.

http://www.yoinfluyo.com.mx/artman/publish/article_5272.php
 
 
 
Haz politica es una publicación que promueve la participación política del ciudadano y su intervención en los asuntos públicos que atañen a la familia con su acción, su opinión y su voto.
Derechos reservados www.hazpolitica.org -  Solo: comentarios@hazpolitica.org