LA CRISIS DE LA LIBERTAD DE EXPRESIóN

Autor: Liliana Esmenjaud Fuente: Mujer Nueva

186-4A  Acontecimientos como el de los grupos islámicos que han prendido fuego a embajadas, cobrándose varias vidas, en represalia por la publicación de ciertas caricaturas ofensivas contra su religión, hacen surgir la pregunta sobre la legitimidad de un derecho tal que permita por una parte burlarse de algo que otros consideran sagrado, y por otra, expresar la ira de una manera tan agresiva llegando a matar a inocentes en su venganza. ¿Hasta dónde se ha de permitir la libertad de expresión para evitar estos conflictos en un futuro?

Esta pregunta no nos es del todo indiferente. La libertad de expresión toca muchos más aspectos de nuestra vida cotidiana de los que en un primer momento pensamos. Constantemente expresamos, aún sin darnos cuenta, lo que somos y lo que valoramos, ocasionando diferentes reacciones en quienes nos rodean. Con nuestra forma de vestir, por ejemplo, decimos mucho de lo que llevamos dentro y no es de extrañar que la gente nos trate según nos ve. Esto es algo de sentido común. No puedo llegar a una cita de trabajo vestida como si fuera a un deportivo. De hacerlo, mi cliente se sentiría ofendido. Nuestro trato, vocabulario y gestos también hablan por sí solos. Y así toda nuestra persona expresa de una manera u otra lo que somos. ¿Hasta dónde somos libres de expresar todo lo que queramos y hasta dónde se nos impone el callarlo por consideración a los demás?

El mundo nos ofrece distintas respuestas. Algunos, como sucedió en el caso de las caricaturas, abogan por una libertad de expresión ilimitada, sin tener en cuenta el posible daño que se pueda ocasionar a los demás, ya sea a su reputación, o a sus principios éticos o religiosos. Si algo les gusta, lo dicen. Si algo les molesta, lo atacan. Si no entienden algo, lo ridiculizan. Esta manera de proceder nos lleva a una especie de “ley de la selva”, donde cada uno, ejerciendo sus “derechos”, puede llegar a dañar a los demás, imponiéndose el más fuerte, o el que hace más ruido.

Algunos otros, dándose cuenta de las consecuencias que esta libertad mal encauzada ha tenido, han llegado a la conclusión de que es un verdadero peligro que hay que cortar de raíz. Lo hacen promoviendo leyes que prohíben expresiones que ofenden a ciertos grupos. Esta es una respuesta muy peculiar, pues se aplica de manera unilateral. Con el afán de proteger la libertad de expresión de un grupo que consideran vulnerable, coartan la de los otros. Con esto caemos en una dictadura en la que se impone el pensamiento de los que están en el poder a riesgo de ser penalizados por la ley.

Otros más ven el riesgo del primer caso y quieren solucionarlo sin caer en la injusticia del segundo. Promueven una cultura donde cada uno tolere al otro, sin decir nada que pueda herir a los demás. Esta postura parece ser muy civilizada, y es la respuesta que el mundo actual está dando a las nuevas exigencias de las sociedades multiculturales. Es bien recibida por la mayoría y es fácil de vender. Sin embargo, los países que más la practican, lejos de ser, como sería de esperar, paraísos de convivencia social, se están viendo en la necesidad de imponer leyes que rijan cada vez más al detalle la vida cotidiana. En nombre de la tolerancia, se quieren legislar aspectos tan personales como si se puede o no colgar una cruz al cuello o usar un turbante por la calle; el tipo de decoraciones que han de permitirse en Navidad; y hasta están estudiando si se cambia el nombre de esta fiesta mundialmente celebrada para no ofender a nadie. Conclusión: más que fomentar la libertad de expresión, esta queda reducida a su mínima expresión.

Entonces, ¿qué nos queda? ¿Nos hemos de resignar a perder nuestra libertad de expresión en aras de una convivencia pacífica? No necesariamente. Tenemos todavía una carta más para jugar: la del “respeto”. Esta virtud que en ocasiones es confundida con la “tolerancia” en realidad es el soporte sin el cual ninguna tolerancia se sostiene. La tolerancia en sí misma no es mala, pero al carecer del esqueleto del respeto, se cae sin consistencia como lo hemos visto.

La tolerancia establece las barreras que no se han de traspasar en el trato con los demás. El respeto, en cambio, crea vínculos al basarse en la apreciación y valoración del otro por el hecho de ser un ser humano, igual que yo, aunque piense de manera diferente. Esto nos permite dialogar, porque sabemos que estamos con otra persona pensante igual que nosotros. Nos permite comprender y respetar sus valores y tradiciones, aunque no nos convenzan, porque nosotros también tenemos los nuestros y sabemos lo que significan.

Hoy en día se piensa que ser tolerante es no mostrar las propias convicciones, y si no se tienen, todavía mejor, pues se es, según esto, más auténtico. Como si el problema estuviera en la filosofía de vida que cada uno tiene. Esto crea una cierta vergüenza e inseguridad ante lo propio, pues si no se puede expresar, por algo será. En cambio, la educación en el respeto empieza siempre por el respeto de uno mismo y de la propia cultura. Aprendo a respetar al otro porque me respeto a mí mismo y él es una persona como yo. Respeto su cultura, porque veo que puede ser tan valiosa para él como la mía lo es para mí. Y este respeto me permite expresar y manifestar mis propias convicciones con seguridad sin necesidad de ridiculizar ni de atacar las que difieran de las mías.

No se trata por tanto de imponer límites externos a nuestra libertad de expresión. Sino más bien de formar corazones respetuosos capaces de apreciar y valorar lo bueno que hay en los demás. Este respeto crea como un sexto sentido que nos dice qué hacer o qué no hacer para no molestar a los otros. La libertad de expresión y la armonía social no son incompatibles. Un poco de respeto en cada palabra y acción marcará la diferencia.

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