YA ME QUEDé SIN TRABAJO

Autor: Alejandro Cortés González-Báez Fuente: MILENIO Diario de Monterrey

¿Se acuerda usted de Constantino de Constantinopla que se quiere desconstantinopolizar y que quien lo desconstantinopolice será un buen desconstantinopolizador? Pues bien, yo pensé que nunca me quedaría sin trabajo, pues tal parece que de ahora en adelante ya no podré predicar como sacerdote, y esta situación no se debe a que haya cometido algún delito tipificado en el Código de Derecho Canónico, sino por afirmar que el aborto es un crimen, recordando que en conciencia ningún católico –ni ninguna persona de bien– debería apoyar con su voto a los partidos que promueven su legalización. Por todo esto quizás alguien pueda pensar que estoy desobedeciendo a la Constitución. De esta forma pueden considerarme desconstitucionalizado.

Pero el problema no acaba ahí, pues tampoco podré hablar sobre la virtud de la solidaridad, ya que así se llamó un programa político de un régimen presidencial con tintes partidistas y podrían acusarme de ser adepto a tal partido; como también estoy condenado a no predicar en mis homilías sobre la maldad del narcotráfico, pues al hacerlo me estaré inmiscuyendo en programas gubernamentales, y si afirmo que la homosexualidad es algo que va en contra la naturaleza del hombre que (por ser éste sexuado debiendo respetar lo que la biología nos dice: sólo existen dos sexos: masculino y femenino) no faltará quien afirme que mi postura contradice programas de algunos partidos.

De ahora en adelante, ya no tendré capacidad para recordar en el confesionario que el uso de anticonceptivos ofende a Dios –entiéndase que es pecado– pues me estaré saltando las disposiciones oficiales de las autoridades del Sector Salud, y tampoco podré decirles a los novios que si se casan es para siempre, dado que las propiedades del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad, pues en nuestras leyes está permitido el divorcio y en algunos casos, incluso, “por quítame estas pajas”.

Ni qué decir de mencionar el nombre de Dios en las aulas cuando está muy claro que la educación ha de ser laica, y todo ello por respeto a quienes se declaran ateos o agnósticos. En cuanto a los que profesan otras religiones bien cabría la posibilidad de que cada matrimonio decidiera sobre el tipo de instrucción religiosa que desean para sus hijos. Pero ¿para qué preguntarles a los padres de familia, si quienes han de decidir ya lo hicieron?

Si, como han afirmado algunos, el pueblo mexicano ya ha madurado, de forma que el electorado tiene sus ideas claras, ¿qué caso tiene que se nos tenga que estar recordando, por ejemplo, que incendiar bosques produce un grave daño al país, o que la piratería es un delito o para qué hacer propaganda a las campañas de vacunación, si todos los padres son muy responsables y están al pendiente de proteger a sus hijos?

A estas alturas –en la búsqueda de una sana cultura democrática– las instituciones religiosas no deben tener una situación de silencio y persecución como en los países con regímenes totalitarios. Está claro que los ministros religiosos debemos mantenernos al margen de la administración pública y muy lejos de toda actividad partidista, pero no podemos renunciar al cumplimiento de nuestra misión en el orden moral siguiendo el mandato de Dios. Veamos tres textos del Magisterio sobre el particular:

“La Iglesia, que por razón de su misión y su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana”. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2245). “El ciudadano tiene obligación, en conciencia, de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio...” (idem. 2242). Lo cual deja bien claro que no se debe apoyar a quienes proponen errores graves dentro de un programa político. “La Iglesia respeta y promueve también la libertad y la responsabilidad política de los ciudadanos” (Constitución “Gaudium et Spes” 76,3).

Qué importante es que todos entendamos con claridad la diferencia entre promover el respeto a los principios éticos básicos y universales, que deben regir el ordenamiento social, y otra muy distinta, la participación de los clérigos en la política partidista, lo cual desde todo punto de vista, es reprobable.
http://www.milenio.com/nota.asp?id=79782
 
 
 
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