EL DERECHO DE LOS SACERDOTES A PARTICIPAR EN POLíTICA
En lo que se refiere a los sacerdotes, mi idea es que nos asiste un derecho natural, un derecho anterior al Estado.
Autor: Norberto Rivera Carrera Fuente: MILENIO Diario de Monterrey

Escenarios de la Transición en México  El papel de la Iglesia en la transición política mexicana se da fundamentalmente en el anuncio del Evangelio, en él se promueve el cambio de mentalidad, se invita a los ciudadanos a proceder conforme a su conciencia y de acuerdo con los principios que el propio Evangelio proclama. De esto se deduce que el papel de la Iglesia es siempre de promover un cambio, una renovación, aspirar a una vida nueva. La fe, lo mismo que el anuncio del Evangelio, no puede quedarse en el ámbito de lo privado, tenemos nuestra relación con Dios, con la naturaleza, con nuestros semejantes; pero, a diferencia de la política, la fe no puede entrar a cuestiones partidistas.

El anuncio del Evangelio es para todos y, por lo tanto, la Iglesia se traicionaría a sí misma si estuviera favoreciendo o impidiendo la acción de un partido en concreto; no puede volverse partidista. Así, mediante el anuncio del Evangelio, se tiene que invitar a los fieles a participar, a ser conscientes de su responsabilidad social y política y obrar en consecuencia; pero sin involucrarnos en cuestiones que sólo son propias de los partidos políticos.

Que el fiel cristiano decida cuál es el campo de su participación, pero que participe, porque después no puede andar quejándose de las decisiones en las que no intervino y que otros tomaron por él; el ciudadano tiene que dar su palabra y asumir sus responsabilidades. En lo que se refiere a los sacerdotes, mi idea es que nos asiste un derecho natural, un derecho anterior al Estado. Todo ciudadano debe participar en la vida pública, tiene derecho a participar en la acción política; lo que le está prohibido al sacerdote, por ser cabeza de una comunidad religiosa, es la participación partidista, así lo establecen las leyes y así es nuestra convicción y nuestra propia ley interna de la Iglesia.

Las relaciones entre la Iglesia y el Estado han sido muy buenas; hubo un cambio constitucional en 1992 y se dio pacíficamente. Fue un paso importante que puso fin a la simulación porque, de hecho, esas relaciones existían y las leyes persecutorias existentes hasta ese momento no se aplicaban, de manera que era necesario dar ese paso y creo que ha beneficiado a la sociedad, a la vida política y, por supuesto, a la libertad religiosa. Desde esa reforma –hace ya diez años–, nuestra relación no es en “lo oscurito”, no es oculta; es abierta, transparente. Nuestra relación es absolutamente necesaria, porque tanto el gobierno establecido como las iglesias tenemos como cometido servir a las mismas personas.

La Iglesia, como toda comunidad religiosa, tiene lo que se llama un producto social, trabaja a favor de niños, ancianos, enfermos, migrantes y muchos más, responsabilidades que son evidentemente de un gobierno organizado. Ahora bien, el gobierno no puede cubrir todas las necesidades de la sociedad, por eso las iglesias participan en el campo de la salud, de la educación, de la asistencia, y cuando hay una buena relación, una buena comunicación, esa ayuda es mucho más efectiva. Por supuesto que, como en toda relación, hay puntos de vista diferentes; pero también ha habido respeto para la misión propia de cada uno.

A la Iglesia no le está permitido pretender suplantar al Estado en sus funciones de gobierno, pero sí puede contribuir al bien común. El Estado laico debe de existir, la separación de Iglesia y Estado es una decisión sana, pero hay que examinar lo que se ha entendido, históricamente, por Estado laico, porque en un determinado momento lo que se proclamó como tal en México no lo era, sino que se trataba de un Estado laicista en el que se perseguían las cuestiones religiosas, se imponían penas simplemente por acciones religiosas. Hace diez años estaba prohibida una peregrinación; estaba prohibido, incluso penado, tener un hábito eclesiástico; entonces, eso no es ser laico, eso es ser laicista. Así, un Estado laico es lo mejor que nos puede suceder, si éste se entiende como respeto, como promoción, como apoyo a las libertades religiosas que todo ciudadano tiene.

El progreso que se ha dado es evidente en esa consideración y en el respeto a las libertades religiosas y el cambio legal también se va dando en el cambio de mentalidad. Sin embargo, debo decir que, lamentablemente, a esa reforma legal que referimos no la acompañó el reglamento correspondiente que se había prometido y que es necesario para llevar a la práctica los términos de la ley. No se dio, y no se puede dar en el momento actual, porque sería contradictorio a otras leyes que están en la Constitución; es decir, se dio un paso muy importante, decisivo, pero quedaron en el aire muchos temas que no están incluidos y que harían que no solamente haya libertad de culto, sino auténtica libertad religiosa. Por ejemplo, no está determinada la libertad para acceder a los medios de comunicación, aunque nosotros, por ley interna, no pretendemos, no podemos proponernos como candidatos.

El Estado no tiene por qué limitarle el derecho a un sacerdote; nosotros sí podemos limitarnos por la naturaleza de nuestra misión, pero el Estado no tiene por qué quitarle ese derecho a un ciudadano. Es una cuestión de principio. En cuestiones educativas, ahora resulta que la educación religiosa necesariamente tiene que ser discriminatoria, ya que solamente los que tienen posibilidades económicas para pagar un colegio particular tienen derecho a la libertad religiosa en el campo educativo y, por lo tanto, no es un derecho de todo ciudadano. La educación pública debe dar la oportunidad de que todo mundo tenga la libertad de recibir la educación conforme a sus convicciones, conforme a sus principios. No que el Estado la dé, pero sí que la facilite y la propicie a toas las iglesias; inclusive aquel que no tenga alguna convicción religiosa se le debe dar la libertad para no verse coaccionado en sentido alguno. De esta manera, puedo decir que hay muchos aspectos en los cuales todavía se podría avanzar, pero no creo que sea ahora momento de proponerlo.

Considero que en México, sabiamente, se ha establecido la libertad de conciencia, la libertad para que la persona elija la religión que quiera. No nos preocupa que otras religiones crezcan, pero sí nos impulsa a un trabajo mayor de evangelización para que los miembros de nuestra Iglesia conozcan realmente cuál es su fe. Con las otras iglesias no tenemos una relación desde el punto de vista político, tenemos una muy buena relación con otras iglesias cristianas por convicciones de fe y por convicciones prácticas.

Su servidor es presidente del Consejo Ecuménico, en el que están asociadas todas las iglesias que hay en México que son históricas; pero no solamente nos relacionamos con las iglesias cristianas históricas en el Consejo Ecuménico, sino también estamos unidos, formamos parte del Consejo Interreligioso, que conjunta a otras religiones no cristianas y hemos llegado a un acuerdo que es fundamental para nosotros: el Código de Ética en el que marcamos precisamente cómo deben ser nuestras relaciones de respeto, de reconocimiento e incluso de colaboración en otros campos.

Por otra parte, la Iglesia no sólo reconoce el lugar que le corresponde al Estado, sino que promueve el aprecio a los símbolos que nos identifican como mexicanos. En este sentido, el Himno Nacional es patrimonio de todos nosotros, de aquí que todos los mexicanos pueden contarlo con el debido respeto en las debidas condiciones. El himno no se había cantado en Catedral precisamente porque el campo es nuevo, hay un mayor ámbito de libertad religiosa; haberlo hecho, no contradice ni al Estado laico, ni la libertad religiosa, ni los derechos de otras personas. Los mexicanos somos católicos y nosotros estamos impulsando el mensaje de que todo católico debe tener los valores cívicos.

Yo hice mis primeros estudios en escuelas públicas, de manera que soy producto del sistema de educación público, y cuando yo era niño se nos impartía una clase interesante de civismo en la que honrábamos a los símbolos patrios y aprendíamos también sobre la importancia de las instituciones; no es correcto que en México no se fomente más el aprecio a las instituciones, como es el caso del gobierno, el ejército, la Iglesia, la familia. Hoy es preocupante que todas estén sufriendo un ataque constante, ése es uno de los grandes problemas actuales.

Norberto Rivera Carrera cursó estudios de filosofía en el Seminario Diocesano de Durango y de teología en la Pontificia Universidad Gregoriana en Roma. Arzobispo primado de México, obispo en Tehuacán, actualmente es cardenal de la Iglesia católica. Miembro del Comité del Pontificio Consejo para la Familia del Vaticano.

*El texto anterior fue escrito por el arzobispo Norberto Rivera Carrera el 16 de septiembre del año pasado, y es parte de la recopilación de testimonios de 31 personalidades que integra el libro Escenarios de la Transición en México que será presentado el 12 de junio por sus autores Gastón Luken Garza y Virgilio Muñoz.

A la reunión asistirán Rosario Robles, Luis Felipe Bravo Mena y Roberto Madrazo, líderes del PRD, PAN y PRI, quienes también presentaron sus puntos de vista sobre el tema. El libro fue publicado por Random House Mondadori bajo el sello de Grijalbo, editora que autorizó su reproducción.

http://www.milenio.com/nota.asp?id=79343
 
 
 
Haz politica es una publicación que promueve la participación política del ciudadano y su intervención en los asuntos públicos que atañen a la familia con su acción, su opinión y su voto.
Derechos reservados www.hazpolitica.org -  Solo: comentarios@hazpolitica.org