"EL PUEBLO QUE CAMINABA EN TINIEBLAS, VIO UNA GRAN LUZ"

Autor: Arzobispo Francisco Robles Ortega Fuente: Arquidiósesis de Monterrey

MENSAJE NAVIDEÑO

A TODA LA IGLESIA QUE PEREGRINA EN MONTERREY, ¡PAZ!

Hermanos y Hermanas todos en el Señor:

¡La paz de Cristo habite en el corazón de cada uno de Ustedes!

El 28 de abril de 2003, por voluntad de Dios, que juntamente se nos ha manifestado a mí ya Ustedes a través del Santo Padre Juan Pablo II, he sido llamado a presidir esta querida Iglesia particular de Monterrey. Tenemos, pues, la dicha de compartir, este año por primera vez, las fiestas navideñas.

1. Navidad no es un día más, que pueda pasar desapercibido, para ninguno de nosotros. Navidad goza de un poder misterioso divino: es un imán que acerca los corazones, que reúne a las familias, que congrega a la Iglesia. En torno a la luz que, en el medio de la noche, irradia del portal de Belén, donde está envuelto en pañales el Salvador recién nacido, todos sentimos la necesidad de celebrar nuestra esperanza que rejuvenece, de felicitamos mutuamente y de compartir nuestros mejores propósitos. Vivimos, en la Navidad, una experiencia que despierta, en lo más profundo de nuestro ser, el deseo por una vida santa, por una vida reconciliada con Dios y entre nosotros, por una vida sedienta de todos los valores del Reino, que el Hijo de Dios viene a traemos.

Yo mismo, arrodillado en contemplación y adoración delante del Niño Dios, dormido en los brazos de su Madre Santísima, la Virgen María, y custodiado por San José, providente padre de la más santa entre todas las familias, no puedo contener el impulso que me lleva a dirigirles, como a hijos y hermanos queridos, un mensaje verdaderamente "navideño", por el que quisiera darles ánimo a todos Ustedes: Este mensaje es que la Luz brilla en medio de las tinieblas.

La luz de Navidad es tan impactante porque resplandece dentro de la oscuridad exterior. Esto es realmente lo que la Iglesia va celebrando, generación tras generación, a lo largo de veinte siglos desde el nacimiento de Jesús hasta nuestros días, en las fiestas de Navidad. Ha sido el mismo apóstol san Juan quien lo percibió primero y lo anunció con fuerza desde el propio comienzo de su Evangelio: "La Luz brilla en medio de las tinieblas, porque las tinieblas no la vencieron" (Jn 1, 5).

Anunciar que la Luz brilla en medio de las tinieblas es mi máxima misión de Obispo, porque, como sucesor de los Apóstoles, estoy entre Ustedes, en primer lugar, para ser testigo de que la victoria de Jesucristo sobre la muerte es real y definitiva: Las tinieblas no le vencieron, ni le vencen hoy, ni le vencerán en el futuro.

2. Por ello, para nosotros cristianos, celebrar el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, que viene a poner su morada en medio de nosotros, es asumir nuestra responsabilidad frente a la historia humana, con el fin de reconstruirla en comunión con Dios y por su gracia, vencer, juntos con Cristo, las obscuridades de este mundo.

Los cristianos, pues, celebramos la Navidad para proclamar que nuestra vida real tiene un sentido. Nuestra vida real, sí, la que a veces nos parece inaceptable, absurda y cruel: tiene sentido y su sentido no es inteligible más que a partir de Jesucristo, en el que todas las cosas han de encontrar su recapitulación. Lejos de utilizar la Navidad para evadir de nuestras responsabilidades, nosotros en Navidad nos vemos urgidos a hacer de nuevo descender a Jesucristo hasta las más sufridas situaciones humanas, para que Él las ilumine y nosotros las podamos reinterpretar y asumir transfiguradas a la luz de su presencia.

3. ¿A cuáles situaciones humanas les podemos hoy llamar tinieblas? ¿Cuáles son las condiciones de vida más dramáticas de donde salen los gritos más angustiosos que piden el auxilio del cielo, para que se haga Navidad? Aunque resulte realmente compleja e incalculable la magnitud de los problemas que aquejan hoy en día a la humanidad, según mi apreciación personal, creo que lo que envuelve hoy en día al mundo en una fatal oscuridad, al punto que representa ya una amenaza para la misma supervivencia humana, lleva el nombre de "violencia".

El mundo se ve hoy como rehén de la violencia. Violencia pública y violencia privada. Una violencia injusta, intolerable; violencia que engendra violencia; violencia incontrolable como un río que no se detiene. Es una violencia que ha tocado el ámbito familiar, que ha alcanzado el hogar, que quiebra la alianza conyugal, que destruye la vida humana en su propia cuna.

Los signos de los tiempos nos revelan una situación verdaderamente preocupante. Cuando la violencia entra en el santuario de la vida, que es la familia, significa que las tinieblas la están envolviendo, porque golpear a la propia familia es herirse mortalmente a sí mismo.

4. Esta violencia intrafamiliar, que, según las estadísticas que nos proporcionan los analistas de la sociedad, está manifestando un alarmante incremento, no puede ser ignorada, no puede ser tomada a la ligera. Necesitamos, frente al desasimiento humano que ella engendra, comprender que no hay mejor espacio para humanizar al hombre que una familia unida e integrada. El desarrollo del capital social y humano de una nación, no encuentra mejor aliado que la familia. Cuando la violencia intrafamiliar debilita esta institución, trae como consecuencia un gran deterioro en la sociedad: la inseguridad, las adicciones, la deshonestidad, la corrupción, el individualismo, el hedonismo y el desenfreno sexual que se vive.

Así pues, hermanos y hermanas, celebrar la Navidad, debe significar, para cada uno de nosotros, una peregrinación interior hacia Belén, donde podremos abastecemos de la luz que necesitamos para iluminar los pliegues más recónditos de nuestro corazón, para llevar a cabo un discernimiento prudente, salir de los autoengaños en los que nos hemos hundido, convertirnos sinceramente para seguir a Jesucristo con fe firme. No olvidemos que el rechazo de Dios, aunque sea sólo un olvido silencioso e inadvertido, implica un rechazo al hombre mismo.

Necesitamos verdaderamente volver a Jesucristo para permanecer definitivamente con Él. Les exhorto, pues, a todos a buscarle a Él con valentía, con decisión, con disponibilidad, con ganas de conocerle, de amarle, y de obedecerle. Para iluminar y sanar a este mundo cegado que nos rodea, lo necesitamos solo a Él.

Deberá ser una peregrinación primero personal y luego también familiar, comunitaria y eclesial. Podremos así formar una Iglesia auténtica capaz de iluminar las tinieblas exteriores, constructora de una nueva cultura cristiana, que tenga como base la Palabra de Dios. Así es como podremos contrarrestar con éxito la ola de violencia que intenta destruir nuestros valores más sagrados como son la unión y la misión de la familia.

5. Al concluir este mensaje de Navidad, por el que he querido que nos dispongamos a reconstruir nuestra esperanza recibiendo del Niño Dios, recién nacido, la luz de la verdad que nos capacita para el verdadero amor, tengo el gusto de comunicarles que sobre este mismo tema tendremos oportunidad de profundizar más, gracias a la próxima celebración del XLVIII Congreso Eucarístico Internacional que se realizará en nuestro País, propiamente en Guadalajara, Jal., en octubre de 2004. El tema del Congreso será: "La Eucaristía, luz y vida del Nuevo Milenio". Nuestra peregrinación hacia Belén, lugar de nacimiento de Jesús, donde queremos llegar esta Navidad para abastecemos de la luz, tendrá que continuar hacia Jerusalén, hasta la Vigilia Pascual, donde Jesús, luz y vida, venció definitivamente las tinieblas y nos hizo partícipes de su resurrección gloriosa.

De corazón ¡Feliz Navidad! ¡Busquemos a Jesús en Belén y en la Eucaristía: Él es nuestra luz, las tinieblas no le vencieron; con Jesucristo, las tinieblas, no nos vencerán!

Dado en el Arzobispado de Monterrey, el 9 de diciembre del año del Señor 2003.

Prot. No. 809/2003.

+Francisco Robles Ortega
ARZOBIOSPO DE MONTERREY

Doy Fe:
Pbro. Gerardo Ma. Mayela González Farías
Secretario-Canciller
http://www.arquidiocesismty.org.mx/circulares/2003/2003-mensaje_navidad.htm
 
 
 
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