POBREZA, INEQUIDAD Y EROSIóN DE LA FAMILIA
Un Desafío Ético Impostergable
Autor: Bernardo Kliksberg Fuente: III Congreso Mundial de Familias

Coordinador General de la Iniciativa Interamericana de Capital Social,

Etica y Desarrollo del Banco Interamericano (BID)

www.iadb.org/etica

I. LA VISION DE UNA SOCIEDAD PLURALISTA Y UNA AGUDA Y SILENCIOSA DISCRIMINACION
La aspiración a una sociedad entre cuyos pilares estén el pluralismo y el respeto a la diversidad se halla en las entrañas del “sueño latinoamericano”. Recorre toda la historia del Continente, tiene profundas representaciones a nivel nacional en casi todos los países, y es objeto actualmente de continuas luchas. En estos tiempos en donde con grandes sacrificios los pueblos han logrado hacer avanzar procesos genuinos de democratización, se suceden los esfuerzos para denunciar las discriminaciones de toda índole, y bregar por su superación.
Sin embargo, no bastan los sueños para cambiar las duras realidades de la región. La recorren graves tendencias hacia la pauperización y la polarización social, que están despertando fuerte preocupación hacia el interior de los países, e internacionalmente, y que son el contexto propicio para la acentuación de discriminaciones. Así las desigualdades extremas en el acceso a oportunidades socioeconómicas, mantienen y agudizan dramas como la miseria en que viven las comunidades indígenas, la marginación en algunos países de la población de color, la inferiorización de la mujer particularmente la mujer pobre en diversas áreas, la marginación de los discapacitados, y de las edades mayores. De todo ello surge una sociedad con fuertes fracturas, que generan exclusión, tensión social, y con frecuencia ideologías intolerantes racionalizadoras de las mismas.
Deseamos poner a foco en este trabajo un aspecto de las discriminaciones que recorren la realidad de la región que debería ser objeto de muchísima más atención. Se trabaja cada vez sobre las inequidades que la caracterizan en planos como el acceso al trabajo, la distribución de ingresos, las oportunidades educativas, el acceso a cobertura de salud, pero son limitados los análisis sobre que esta pasando en una cuestión vital: las posibilidades que tienen los diversos estratos sociales en cuanto a la conformación de una unidad familiar sólida y estable. Las cifras indican que son muy diferenciadas, que allí se esta produciendo un silencioso drama de vastas proporciones.
Independientemente de su voluntad numerosas parejas jóvenes no tienen las oportunidades reales para conformar o mantener una familia. Muchas familias son destruidas ante el embate de la pobreza y la desigualdad, otras se degradan, y otras no llegan siquiera a ser constituidas. Hay una grosera discriminación en este campo, que es reforzada por la falta de políticas públicas activas enfatizadas en la protección de la unidad familiar. Todo ello afecta visceralmente la visión de una sociedad pluralista, y diversa. El derecho elemental a la conformación y desarrollo de una familia, debería ser uno de sus pilares.
En este trabajo se desea sobre todo estimular la investigación, la reflexión, y el intercambio al respecto. Para ello en un primer momento se plantean algunos elementos sobre los roles claves que juega la familia en las sociedades actuales, y en el mismo proceso de desarrollo. En segundo término, se refieren algunos datos sobre los agudos problemas sociales que sufre la región caracterizando el contexto en el que viven las familias en la misma. En tercer término, se examinan ciertos impactos de este contexto sobre la unidad familiar. Finalmente se efectúa una reflexión de conjunto.

II. EL REDESCUBRIMIENTO DE LA FAMILIA
A fines del Siglo XX existe una creciente revalorización del rol de la familia en la sociedad. Desde la perspectiva espiritual la familia apareció siempre como la unidad básica del género humano. Las grandes cosmovisiones religiosas destacaron que su peso en lo moral y afectivo era decisivo para la vida. En los últimos años han agregado a esa perspectiva fundamental, conclusiones de investigación de las ciencias sociales que indican que la unidad familiar realiza, además, aportaciones de gran valor en campos muy concretos.
Entre otros aspectos, las investigaciones destacan el papel de la familia en el rendimiento educativo, en el desarrollo de la inteligencia emocional, en las formas de pensar, en la salud y en la prevención de la criminalidad.
La calidad de las escuelas tiene un fuerte pero en el rendimiento educativo. El curriculum, la calificación de los docentes, los textos escolares, los otros materiales de apoyo utilizados, la infraestructura escolar, influyen en todos los aspectos de los procesos de aprendizaje. Pero hay otros factores incidentes, según refieren las investigaciones. Según concluye CEPAL (1997), el 60% de las diferencias en performance estarían vinculados al clima educacional del hogar, su nivel socioeconómico, la infraestructura de vivienda (hacinadas y no hacinadas), y el tipo de familia. Aspectos básicos de la estructura de la familia tendrían, por tanto, fuerte influencia en los resultados educativos. Estarían, entre ellos, elementos como el grado de organicidad del núcleo familiar, el capital cultural que traen consigo los padres, su nivel de dedicación a seguir los estudios de los hijos, su apoyo, y estímulo permanente, a los mismos.
Múltiples estudios corroboran esta tendencia y el papel clave de la fortaleza del núcleo familiar. La Secretaría de Salud y Servicios Humanos de EE.UU. realizó un estudio sobre 60.000 niños. Wilson (1994) informa sobre sus conclusiones:
“En todos los niveles de ingreso, salvo el muy alto (más de 50.000 dólares al año), en el caso de los dos sexos y para los blancos, negros e hispanos por igual, los niños que vivían con una madre divorciada o que nunca se había casado, estaban claramente peor que los pertenecientes a familias que vivían con los dos progenitores. En comparación con los niños que vivían con sus dos padres biológicos, los niños de familia con un solo progenitor eran dos veces más propensos a ser expulsados o suspendidos en la escuela, a sufrir problemas emocionales o de la conducta y a tener dificultades con sus compañeros. También eran mucho más proclives a tener una conducta antisocial”.
Las características de la familia tienen asimismo influencia sobre otro tipo de educación, la emocional. Hay un significativo interés actualmente en el tema de la denominada “inteligencia emocional”. Según indican las investigaciones de Goleman (1995), y otras, el buen desempeño y el éxito de las personas, en su vida productiva, no se halla ligado sólo a su cociente intelectual, tiene estrecha relación con sus calidades emocionales. Entre los componentes de este orden particular de inteligencia, se hallan el autodominio, la persistencia, la capacidad de automotivación, la facilidad para establecer relaciones interpersonales sanas y para interactuar en grupos, y otras semejantes. Según se ha verificado, con frecuencia personas de elevada inteligencia emocional tienen mejores resultados que otras con cociente intelectual mayor, pero reducidas calidades en ese orden. La familia tiene un gran peso en la conformación y desarrollo de la inteligencia emocional. Los niños perciben en las relaciones entre sus padres, y de ellos con los mismos, modos de vincularse con lo emocional que van a incidir sobre sus propios estilos de comportamiento. Destaca Goleman que: “La vida en familia es nuestra primera escuela para el aprendizaje emocional”.
Otro aspecto en que la familia con su dinámica va moldeando perfiles de comportamiento en los niños, es el que se produce en el campo de “las formas de pensar”. Naum Kliksberg (1999) señala al respecto, que el niño se vincula con sus padres y hermanos a través de tres modalidades básicas: de aceptación pasiva, de imposición autoritaria, y de diálogo democrático. En los hogares tiende a predominar alguno de estos modelos de interacción". Resalta el investigador que, si el predominante es el de aceptación pasiva, se genera una forma de pensar “sometida” que acepta argumentos y posiciones, sin inquirir mayormente sobre sus fundamentos. Si la interacción usual es la autoritaria, se desarrolla una forma de pensar orientada a imponer el propio pensamiento al otro, y sólo centrada en las coerciones necesarias para lograr ese objetivo. Si en cambio el modelo de interacción es “dialogal democrático”, la forma de pensar que se desenvuelve es crítica, se sabe escuchar al otro, se trata de entenderlo, y de explicarse.
En el campo de la salud Katzman (1997) señala, resumiendo estudios efectuados en el Uruguay, que los niños extramatrimoniales tienen una tasa de mortalidad infantil mucho mayor, y que los niños que no viven con sus dos padres tienen mayores daños en diferentes aspectos del desarrollo psicomotriz.
Una preocupación central de nuestro tiempo es el aumento de la criminalidad en diversos países. La familia aparece, a la luz de las investigaciones al respecto, como uno de los recursos fundamentales con que cuenta la sociedad para prevenir criminalidad. Los valores inculcados a los niños en la familia en esta materia, en los años tempranos, y los ejemplos de conducta observados, van a incidir considerablemente sus decisiones y conductas futuras. Un estudio en EE.UU. (Dafoe Whitehead, 1993), identificó que examinando la situación familiar de los jóvenes en centros de detención juvenil en el país, se verificaba que más del 70% provenían de familias con padre ausente.
En resumen la familia, junto a sus históricas y decisivas funciones afectivas y morales, exaltadas en religiones como la cristiana y la judía, entre otras, cumple funciones esenciales para el bienestar colectivo.
A partir de esa visión existe, en diversos países desarrollados, un activo movimiento de creación de condiciones favorables para el buen desenvolvimiento y el fortalecimiento de la familia. Las políticas públicas de los países de la Comunidad Económica Europea brindan, entre otros aspectos: garantías plenas de atención médica adecuada para las madres durante el embarazo, el parto, y el período posterior, amplios permisos remunerados por maternidad que van, desde 3 meses en Portugal hasta 28 semanas en Dinamarca, subvenciones a las familias con hijos, deducciones fiscales. Diversos países, como los nórdicos, han establecido extendidos servicios de apoyo a la familia como las guarderías, y servicios de ayuda domiciliaria a ancianos e incapacitados.
La necesidad de fortalecer la institución familiar y apoyarla de modo concreto tiene múltiples defensores. Reflejando muchas opiniones similares, un estudio español (Cabrillo, 1990), plantea que “la familia es una fuente importante de creación de capital humano. Por una parte ofrece servicios de salud en forma de cuidado de enfermos y niños que tendrían un elevado coste si tuvieran que ser provistos por el mercado o el sector público. Por otro, es en ella donde tiene lugar la primera educación que recibe un niño, que es además la que tiene una rentabilidad más elevada”. Ante ello se pregunta: “¿en la práctica el sector público está financiando gran parte de los gastos en educación en la mayoría de los países? La pregunta inmediata es: ¿entonces, por qué sólo una parte de la educación, la impartida en escuelas públicas o privadas? Si este tipo de educación es subvencionada, no hay razón alguna para que no se subvencione también la educación impartida en la casa”. Otro trabajo (Navarro, 1999) reclama: “la universalización (en España) de los servicios de ayuda a la familia”, y demuestra su factibilidad en términos de costos económicos.
Frente a esta revalorización internacional del rol de la familia, y la verificación de sus enormes potencialidades de aporte a la sociedad, ¿qué sucede en los hechos en América Latina? ¿Cuál es el contexto socioeconómico actual y como afecta a las familias concretas de la región?

III. LOS AGUDOS INTERROGANTES SOCIALES
La evolución de la situación social de la región ha generado fuerte alarma en amplios sectores. Diversos organismos internacionales, entre ellos las Naciones Unidas y el BID, han llamado la atención sobre los inquietantes déficits sociales. La Iglesia, a través de sus máximas autoridades, ha hecho repetidos llamamientos a dar la máxima prioridad a las graves dificultades que experimentan extensos grupos de la población. La ciudadanía ha indicado, por diversas vías, que considera que sus problemas de mayor gravedad se hallan en el área social.
Efectivamente, estimaciones nacionales cercanas señalan que gruesos sectores de la población están por debajo de la línea de la pobreza en numerosos países. El informe “Estado de la Región” (PNUD-Unión Europea, 1999) refiere que más del 60% de los 34,6 millones de centroamericanos vive en pobreza, y el 40% de ellos en la miseria. Las cifras respectivas señalan que se hallan por debajo del umbral de pobreza el 75% de los guatemaltecos, el 73% de los hondureños, el 68% de los nicaragüenses, y el 53% de los salvadoreños. Más de 10 millones de centroamericanos (29% del total) no tienen acceso a servicios de salud, y dos de cada cinco carecen de agua potable y saneamiento básico. Un tercio de los habitantes son analfabetos. Según marca el informe, las cifras son peores para la población indígena. En Guatemala, por ejemplo, la pobreza es del 86% entre los indígenas, y del 54% para los no indígenas. En Ecuador, se estima que el 62,5% de la población se halla por debajo de la pobreza. En Venezuela, estimaciones oficiales ubican la pobreza en cerca del 80% de la población. Se estima (FUNDACREDESA, 1999) que 10 millones de personas (41,74% de la población), se hallan en pobreza extrema. En Brasil se ha estimado que un 43,5% de la población gana menos de 2 dólares diarios, 40 millones viven en pobreza absoluta. En la Argentina, una estimación reciente (1999) refiere que el 45% de la población infantil, menor de 14 años, vive por debajo de la línea de la pobreza.
La región presenta elevados niveles de desocupación e informalidad que son una causa central de la evolución de la pobreza. La tasa de desempleo promedio subió de 7,2 en 1997, a 8,4% en 1998, y se estimaba, en 1999, en 9,5%. A esas altas tasas se suma el ascenso del porcentaje de la mano de obra activa que trabaja en la economía informal, constituida en tramos importantes por ocupaciones inestables, sin base económica sólida, de reducida productividad, bajos ingresos, y por la ausencia de toda protección social. La informalización implica, según subraya Tokman (1998), un proceso de descenso de la calidad de los trabajos existentes. En 1980 trabajaba, en la economía informal, el 40,6% de la mano de obra no agrícola ocupada; hoy es el 59%. A ello se agrega la precarización. Hay un número creciente de trabajadores sin contrato, y bajo contratos temporales. Alrededor del 35% de los asalariados está en esas condiciones en Argentina, Colombia y Chile, y el 74% en el Perú.
Como se observa, el desempleo entre los jóvenes casi duplica en todos los países informados el elevado desempleo promedio de la economía. Ello crea un foco de conflicto muy serio. Además, se observa un claro sesgo de género. Es superior en las mujeres jóvenes a los hombres jóvenes.
Desempleo, subempleo y pobreza se ligan estrechamente. Llevan a carencias de todo orden en la vida cotidiana. Una de sus expresiones más extremas es la presencia, en diversos países, de cuadros alarmantes de desnutrición. En Centroamérica se estima que un tercio de los niños menores de 5 años presentan un peso y una talla inferiores a los que deberían tener. En Nicaragua, entre otros casos, estimaciones del Ministerio de Salud (1999) indican que el 59% de las familias cubren menos del 70% de las necesidades de hierro que requiere el organismo, el 28% de los niños de menos de 5 años padecen anemias por el poco hierro que consumen, 66 niños de cada 100 presentan deficiencias de salud por la carencia de vitamina A, y el 80% de la población consume sólo 1700 calorías diarias, cuando la dieta normal debería no ser menor a las 2.125 calorías. La desnutrición y otros factores llevan a pronunciadas diferencias de peso y talla. En Venezuela, un niño de 7 años de los estratos altos pesa promedio 24,3 Kg. y mide 1,219 m. Un niño de similar edad, de los estratos pobres, pesa 20 Kg. y mide 1,148 m. La desnutrición se da, incluso, en realidades como la de la Argentina. Se estima que uno de cada cinco niños de la zona con mayor población del país, el Gran Buenos Aires, padece de problemas de ese orden. Un informe de la Organización Panamericana de la Salud y CEPAL (1998), destaca sobre el problema:
“Se observa en casi todos los países de la región un incremento en enfermedades no transmisibles crónicas asociadas con alimentación y nutrición”.
La desnutrición y otros aspectos de la pobreza, llevan a fuertes retrasos en los niños pobres, que van a afectar toda su existencia. Estudios de UNICEF (1992), identificaron retrasos en el desarrollo psicomotor de una muestra de niños pobres a partir de los 18 meses de edad. A los cinco años, la mitad de los niños de la muestra examinada presentaban retrasos en el desarrollo del lenguaje, 40% en su desarrollo general, y 30% en su evolución visual y motora.
Junto a la pobreza, la situación social de América Latina se singulariza por acentuadas inequidades. Como lo ha resaltado repetidamente Enrique V. Iglesias, “pobreza e inequidad son las dos grandes asignaturas pendientes” de la región. La región se ha convertido, según indican las cifras, en el Continente de mayor polarización social del mundo. El Informe de Progreso Económico y Social del BID (1998/99) proporciona las siguientes cifras al respecto:
En América Latina el 5% más rico de la población recibe el 25% del ingreso. La proporción supera a lo que recibe el 5% más rico en las otras áreas del globo. A su vez, es la región donde el 30% más pobre de la población recibe el menor porcentaje del ingreso (7,6%) en relación a todos los otros continentes. Medida asimismo en términos del coeficiente de Gini, que da cuenta del nivel de desigualdad en la distribución del ingreso de una sociedad, América Latina presenta el peor coeficiente de Gini, a nivel mundial.
Cuanto más bajo es el coeficiente de Gini, mejor es la distribución del ingreso en una sociedad. El de América Latina supera ampliamente a los de los países más equitativos, y es significativamente más elevado que la media mundial.

Las acentuadas disparidades sociales de la región tienen impactos regresivos en múltiples áreas. Entre ellas: reducen la capacidad de ahorro nacional, limitan el mercado interno, afectan la productividad, tienen diversos efectos negativos sobre el sistema educativo, perjudican la salud pública, potencian la pobreza, favorecen la exclusión social, erosionan el clima de confianza interno, y debilitan la gobernabilidad democrática.
Inequidad y pobreza interaccionan estrechamente. El empeoramiento de la inequidad ha operado como un factor de gran peso en el aumento de la pobreza en la región. Así lo indican, entre otros estudios, los realizados por Birdsall y Londoño (1997). Los investigadores han reconstruido cuál sería la curva de pobreza de América Latina, si la desigualdad hubiera seguido en los 80, en los mismos niveles que presentaba a los inicios de los 70, que eran elevados, pero que se acentuaron después.
La línea sólida del cuadro indica la evolución de la pobreza en millones de pobres entre 1970 y 1995. La línea quebrada es una simulación econométrica que indica cuál hubiera sido esa evolución, si se hubiera mantenido la estructura de distribución de ingresos de inicios de los 70. La pobreza hubiera sido en ese caso, según estiman, la mitad de la que efectivamente fue. Hay un “exceso de pobreza”, de importantes dimensiones, causado por el aumento de la desigualdad. ¿Cuál es el impacto de la pobreza y la inequidad sobre una institución fundamental del tejido social, la familia?

IV. ALGUNOS IMPACTOS DE LA SITUACION SOCIAL SOBRE LA FAMILIA LATINOAMERICANA
La familia es un ámbito determinante de los grados de crecimiento, realización, equilibrio, salud, y plenitud efectiva, que las personas pueden alcanzar. La sociedad y sus miembros juegan aspectos centrales de su progreso y bienestar en las condiciones en que operan las estructuras familiares.
El deterioro de parámetros socioeconómicos básicos de la vida cotidiana de amplios sectores de la población de la región, está incidiendo silenciosamente en un proceso de reestructuración de numerosas familias. Está surgiendo el perfil de una familia esarticulada en aspectos importantes, inestable, significativamente debilitada. Ese tipo de familia difícilmente puede cumplir las funciones potenciales de la unidad familiar, caracterizadas en una sección anterior. Ello hace que el reducto último con que cuenta la sociedad para hacer frente a las crisis sociales, carezca por su debilidad de la posibilidad de jugar el rol que podría desempeñar.
Entre las principales expresiones de los procesos en curso, respecto a las familias, se hallan las que se presentan someramente a continuación.

A. Mujeres solas jefas de hogar
Un número creciente de unidades familiares tiene sólo uno de los progenitores al frente, en la inmensa mayoría de los casos, la madre. La correlación con pobreza es muy estrecha. Un gran porcentaje de las mujeres jefas de hogar pertenecen a estratos humildes de la población. Un estudio BID-CEPAL-PNUD (1995) describe así la situación:
“La casi totalidad de los países de América Latina tienen porcentajes de hogares con jefatura femenina superiores al 20%, lo que contribuye fuertemente al fenómeno conocido como “la feminización de la pobreza”. Los estudios de CEPAL dejan en evidencia la mayor pobreza relativa -muchas veces la indigencia- de los hogares a cargo de una mujer”.
B. Efectos de la familia incompleta sobre los hijos

Las consecuencias de pertenecer a una familia en donde el progenitor masculino se halla ausente son muy considerables. Además de lo que significa afectivamente, los padres aportan a los hijos activos fundamentales para la vida. En una investigación pionera sobre el tema, Katzman (1997) reconstruye el cuadro resultante. Señala sobre el rol del padre:
“La presencia del padre es clave para proveer o reforzar ciertos activos de los niños: i) como modelo forjador de identidades, especialmente para los varones; ii) como agente de contención, de creación de hábitos de disciplina y transmisor de experiencias de vida; iii) como soporte material, ya que la falta del aporte del padre reduce considerablemente los ingresos del hogar, particularmente porque las mujeres ganan entre un 20% y un 50% menos que los hombres, y iv) como capital social, en la medida en que la ausencia del padre implica la pérdida de una línea de contacto con las redes masculinas, tanto en el mundo del trabajo como en el de la política y que además, al cortarse el nexo con las redes de parientes que podría aportar el padre, disminuyen significativamente los vínculos familiares potenciales”.
La ausencia del padre va a significar la inexistencia de todos estos activos. Las consecuencias pueden ser muy concretas. Va a afectar el rendimiento educacional ante el empobrecimiento del clima socioeducativo del hogar, va a pesar fuertemente sobre el desarrollo de la inteligencia emocional, golpea la salud, crea condiciones propicias para sensaciones de inferiorización, aislamiento, resentimiento, agresividad, resta una fuente fundamental de orientación en aspectos morales. Investigando el caso de los menores internados en el Instituto Nacional del Menor, en el Uruguay, Katzman encuentra que sólo uno de cada tres formaba parte de una familia normal cuando se produjeron los hechos que condujeron a su internación. La cifra, como señala, es sugerentemente similar a la que arroja el estudio sobre centros de detención juvenil en EE.UU. El 63,8% de los niños internados en el Uruguay vivía con su madre, un 30,8% con un padrastro o madrastra, y el 5,4% sin sus padres.
Las fuertes desventajas relativas de los niños criados en hogares de este tipo se agudizan, como marca el investigador, en las condiciones de los mercados de trabajo modernos. Los mismos exigen un nivel de preparación cada vez mayor. Ello significa procesos educativos cada vez más extensos. Contar con una familia integrada, que apoye emocional, y prácticamente, ese esfuerzo prolongado es estratégico para culminarlo. Los niños y jóvenes de familias desarticuladas carecen de este capital social clave.
C. La renuencia a formar y mantener familias
Una proporción creciente de hombres jóvenes de los estratos humildes se resisten a constituir hogares estables. Ello va a aumentar las tasas de familias irregulares e inestables (concubinatos). Esta tendencia parece fuertemente influida por el crecimiento de la pobreza, la desocupación y la informalidad en la región. En muchos de estos casos, el joven no ve la posibilidad de encontrar un empleo estable que le permita cumplir el rol de proveedor principal de los ingresos del hogar, que se espera de él. Por otra parte, un porcentaje significativo de la población, con ocupación, gana salarios mínimos que se hallan por debajo de los ingresos que se necesitarían para solventar los gastos básicos de una familia, aunque se cuente con aporte femenino. La situación general, como lo indican las encuestas, muestra además un gran temor por la inestabilidad que caracteriza al mercado de trabajo. A todo ello se suman dificultades objetivas como las severas restricciones para acceder a una vivienda. En estas condiciones, el joven no se ve a sí mismo en rol de esposo y padre de una familia estable. Percibe que le será casi imposible afrontar las obligaciones que ello supone.
Un conflicto similar parece ser uno de los precipitantes del abandono de hogar de jóvenes de las zonas pobres urbanas. Katzman (1992) sugiere que la aparente “irresponsabilidad” con que actúan, estaría influida por la sensación de que están perdiendo legitimidad en su rol de esposos y padres, al no poder cumplir con la obligación de aportar buena parte de los ingresos del hogar. Sienten dañada su autoestima en el ámbito externo, por la dificultad de encontrar inserción laboral estable, y en el familiar, porque no están actuando según lo que se espera de su rol. A ello se suma un creciente nivel de expectativas de consumo en los hijos de hogares humildes, incidido por el mensaje de los medios masivos de comunicación. El joven cónyuge se siente así muy exigido, impotente para poder enfrentar las demandas, y desacreditado. En psicología social se plantea que en estas situaciones altamente opresivas, las personas tienden a enfrentarlas hasta las ultimas consecuencias, o a producir lo que se denominan conductas de “fuga” de las mismas.
D. Nacimientos ilegítimos
Un claro síntoma de erosión de la unidad familiar lo da el aumento del número de hijos ilegítimos. La renuencia a formar familia estimula el crecimiento de la tasa de nacimientos de este orden. Los estudios de Katzman sobre el Uruguay muestran la siguiente tendencia:
Como se observa, en sólo 18 años el número de hijos ilegítimos en Montevideo aumentó en un 65%. La ilegitimidad tiene más alto nivel de presentación en las madres más jóvenes, pero es alta en todas las edades.
E. Madres precoces
Ha aumentado significativamente en la región el número de madres adolescentes. En la gran mayoría de los casos, la maternidad en la adolescencia no forma familias integradas. Queda sola la madre, con los hijos. Es, asimismo, una causa importante del crecimiento de niños ilegítimos antes referido. Constituye, de por sí, una fuente de familias extremadamente débiles.
Según las cifras disponibles se halla estrechamente asociada a la pobreza. En los centros urbanos, en el 25% más pobre de la población, el 32% de los nacimientos son de madres adolescentes. En las zonas rurales, el 40%. En el 25% siguiente, en nivel de ingresos, las cifras son 20%, en los centros urbanos y 32%, en las áreas rurales. En total, el 80% de los casos de maternidad adolescente urbana, de la región, están concentrados en el 50% más pobre de la población, mientras que el 25% más rico, sólo tiene un 9% de los casos. En las zonas rurales las cifras son, 70% de los casos en el 50% más pobre, y 12% en el 25% más rico.
Aún dentro de los sectores pobres, se observa que cuanto mayor es el nivel de pobreza, más alta es la tasa de maternidad adolescente. La fuerte correlación entre pobreza y maternidad adolescente, permite inferir que aumentos en la pobreza, como los que se están produciendo en la región, actuarán de estímulos de este orden de maternidad y, por tanto, de la generación de familias muy débiles.
Una variable central en este proceso. es un componente de la pobreza: las carencias educativas. En los centros urbanos de la región, el porcentaje de madres adolescentes entre las jóvenes urbanas con menos de seis años de educación, es del 40%. Supera a los promedios nacionales del 32%. En el grupo que tiene 6 a 9 años de estudio, el porcentaje de casos de maternidad adolescente desciende al 30%. En las jóvenes con 10 a 12 años de estudio baja al 15%, y en las que tienen 13 ó más años de estudio, es inferior al 10%.
La situación que subyace tras el embarazo adolescente en los sectores desfavorecidos configura un “círculo perverso regresivo”. La pobreza y la inequidad impactan severamente a dichos sectores en materia educativa. Con limitada escolaridad, recuérdese que la escolaridad promedio de toda América Latina es de sólo 5,2 años, y la de los sectores pobres considerablemente menor, se dan condiciones que facilitan el embarazo adolescente. A su vez, la maternidad en la adolescencia va a conducir a que estas jóvenes dejen sus estudios. Las cifras indican que las madres pobres adolescentes tienen un 25 a un 30% menos de capital educativo que las madres pobres que no han tenido embarazo adolescente. Al tener menor nivel educativo, e hijos, las madres adolescentes verán reducidas sus posibilidades de obtener trabajos e ingresos, consolidándose y profundizándose la situación de pobreza.
F. Violencia doméstica
En la región tiene gran amplitud el fenómeno de la violencia domestica. Según estiman Buvinic, Morrison y Schifter (1999), entre 30 y 50% de las mujeres latinoamericanas -según el país en que vivan- sufren de violencia psicológica en sus hogares, y un 10 a un 35%, de violencia física.
Además de su inhumanidad básica, y sus múltiples repercusiones sobre la mujer, la violencia doméstica causa daños graves a la estructura familiar y tiene repercusiones de todo tipo en los hijos. Un estudio realizado por el BID en Nicaragua (1997), muestra que los hijos de familias con violencia intrafamiliar son tres veces más propensos a asistir a consultas médicas, y son hospitalizados con mayor frecuencia. El 63% de ellos repite años escolares y abandona la escuela, en promedio, a los 9 años de edad. Los de hogares sin violencia permanecen, promedio, hasta los 12 años en la escuela.
Por otra parte, la violencia doméstica es a su vez un modelo de referencia con posibilidades de ser reproducido por los hijos, lo que llevará también a que constituyan familias con serias deficiencias. Diversos estudios, entre ellos Strauss (1980), indican que la tasa de conductas de este orden, en hijos que han visto en sus hogares este comportamiento, supera ampliamente a las observables en hijos de familias sin violencia.
Si bien el fenómeno es de gran complejidad e influido por numerosas variables, la pobreza aparece claramente como un factor de riesgo clave. Según refiere Buvinic (1997), en Chile, por ejemplo, los casos de violencia física son cinco veces más frecuentes en los grupos de bajos ingresos, y la violencia física grave es siete veces más común en ellos, verificándose también esas relaciones en otros países.
Las realidades cotidianas de desocupación, subocupación, informalidad, antes mencionadas, y otros procesos de deterioro económico, tensan al máximo las relaciones intrafamiliares, y crean ambientes propicios a este fenómeno, fatal para la integridad de la familia.
G. Incapacidad de la familia de proporcionar una infancia normal
La pobreza y la inequidad colocan a numerosas familias en serias dificultades para poder dar a sus hijos la infancia que desearían y que correspondería. Se abren ante la presión de las carencias, un cúmulo de situaciones que afectan duramente a los niños, crean todo orden de conflictos en la unidad familiar, e impiden que la familia cumpla muchas de sus funciones.
Una de las expresiones principales de la problemática que se plantea es la figura del niño que trabaja desde edades tempranas. Obedece en muchísimos casos a razones esencialmente económicas. Es enviado a trabajar, o se procura trabajos, para poder realizar algún aporte al hogar carenciado del que proviene y poder subsistir personalmente. Como lo ha señalado reiteradamente la OIT, la situación del niño trabajador es muy dura, y contradice los convenios internacionales vigentes de protección del niño, y los objetivos básicos de cualquier sociedad. Son largas jornadas, graves riesgos de accidentes de trabajo, ninguna protección social, magras remuneraciones. Asimismo, implica en muchos casos el retraso escolar o, directamente, la deserción del sistema educacional. Ello lo colocará en condiciones de inferioridad para ingresar al mercado de trabajo en el futuro.
Los datos nacionales disponibles siguen todos la misma tendencia. Según un estudio de la Comisión de Empleo y Bienestar Social del Congreso de México (1999), en ese país por lo menos cinco millones de niños trabajan, y la mitad de ellos han abandonado la escuela. El 70% trabaja entre 5 y 14 horas diarias. Según señalan Barker y Fontes (1996), en un estudio preparado para el Banco Mundial, en Brasil 50% de los jóvenes entre 15 y 17 años estaba trabajando en 1990, y lo mismo sucedía con el 17,2% de los niños de 10 a 14 años. En Perú trabajaba el 54% de niños y jóvenes urbanos de 6 a 14 años de edad. En Colombia, en 1992, 380.000 niños y jóvenes de 12 a 17 años trabajaban en áreas urbanas y 708.000 en áreas rurales. Los investigadores agregan una categoría especial, escondida, las niñas que trabajan como domésticas. En Colombia, en 1990, 9% de las niñas entre 15 y 19 años de edad trabaja en esa calidad, viviendo fuera de sus hogares, en casa de sus patrones. En Haití, según la OIT(1999), el 25% de los niños de 10 a 14 años forma parte de la fuerza de trabajo. Según datos de UNICEF (1995), en Venezuela trabajaban en la economía informal 1.076.000 menores, y otros 300.000 en la economía formal. En Argentina, 214.000 niños de 10 a 14 años trabajan. Según los estimados de la OIT (1999), trabajan en total en América Latina, 17 millones de niños.
La vinculación entre pobreza, y trabajo infantil es muy estrecha. En Brasil, se estima que el 54% de los niños menores de 17 años que trabaja, proviene de hogares con renta per capita menor al salario mínimo.
H. Los niños de la calle
Existe en la región una población creciente de niños que viven en las calles de muchas urbes. Se los puede encontrar en Río, Sao Paulo, Bogotá, México, Tegucigalpa, y muchas otras ciudades, sobreviviendo en condiciones cruentas. Buscan cada día el sustento para vivir. Están expuestos a todo tipo de peligros. Se han encarnizado con ellos grupos de exterminio, y se ha estimado que no menos de 3 niños de la calle son asesinados diariamente en ciudades del Brasil, entre otros países. No se ha logrado cuantificar su número preciso, pero pareciera que tiende a aumentar significativamente. El Papa Juan Pablo II, que ha denunciado permanentemente esta situación inhumana, los describió, señalando que son “niños abandonados, explotados, enfermos”. El Director de una de las organizaciones no gubernamentales con más actividad y logros en esta campo, Casa Alianza, con sede en Costa Rica, Bruce Harris ha destacado : “Es un fenómeno social no atendido que se ha convertido en un problema, porque la respuesta de la sociedad en general, es represiva, en lugar de invertir para que tengan las oportunidades que muchos de nosotros sí tuvimos”.
La presencia y aumento de los niños de la calle tiene que ver con múltiples factores, pero claramente a su centro está denotando una quiebra profunda de la estructura básica de contención, la familia. Los procesos de erosión de la familia, de desarticulación de la misma, de constitución de familias precarias, y las tensiones extremas que genera al interior de la familia, la pauperización, minan silenciosamente la capacidad de las familias de mantener en su seno a estos niños. Es una situación de frontera que está indicando la gravedad del silencioso debilitamiento de muchas unidades familiares de la región.
Todos los desarrollos regresivos mencionados: mujeres solas jefas de hogar, renuencia de hombres jóvenes a formar familias, nacimientos ilegítimos, madres precoces, violencia doméstica, incapacidad de las familias de proporcionar una infancia normal, niños de la calle, deben ser vistos, en su conjunto como parte de este cuadro de debilitamiento, deben ser priorizados en las políticas públicas y por toda la sociedad, y se les deben buscar soluciones urgentes.

V. UNA REFLEXION DE CONJUNTO
¿Son enfrentables el conjunto de problemas identificados? No es admisible ninguna declaración de impotencia al respecto; América Latina, tiene enormes recursos potenciales de carácter económico y una historia plena en valores como para encarar problemas de este orden. Cuenta actualmente, asimismo, con un logro de gigantescas proporciones, la democratización de la región. Este desafío tiene que ser prioridad para las democracias establecidas en toda la región, con tantos esfuerzos y luchas de la población. Es lo que se espera de un sistema democrático.
Amartya Sen (1981) ha identificado cómo las grandes hambrunas masivas de este siglo se han producido bajo regímenes dictatoriales. En cambio, en la democracia, la presión de la opinión pública, de los medios, de diversas expresiones de la sociedad organizada, obligan a los poderes públicos a prevenirlas.
Los Estados y las sociedades latinoamericanas se deben proponer amplios pactos sociales para fortalecer la familia. Las políticas públicas en la región deben tomar debida nota de la trascendencia de los roles que juega la familia y actuar en consonancia. En el discurso público usual en América Latina se hace continua referencia a la familia, pero en la realidad no hay un registro en términos de políticas públicas. Son limitados los esfuerzos para montar políticas orgánicas de protección y fortalecimiento a la unidad familiar, agobiada por el avance de la pobreza y la inequidad. Existen numerosas políticas sectoriales, hacia las mujeres, los niños, los jóvenes, pero pocos intentos para armar una política vigorosa hacia la unidad que los enmarca a todos, y que va a incidir a fondo en la situación de cada uno, la familia.
La política social debería estar fuertemente enfocada hacia esta unidad decisiva. Es necesario dar apoyo concreto a la constitución de familias en los sectores desfavorecidos, proteger detalladamente los diversos pasos de la maternidad, respaldar las sobre exigencias que se presentan a las familias con problemas económicos en los trances fundamentales de su existencia, darles apoyo para erradicar el trabajo infantil y para que sus niños puedan dedicarse a la escuela, desarrollar una red de servicios de apoyo a las mismas (guarderías, apoyos para ancianos y discapacitados, etc.), extender las oportunidades de desarrollo cultural, y de recreación familiar. Ello exige políticas explícitas, contar con instrumentos organizacionales para su ejecución, asignación de recursos, alianzas entre sector público y sectores de la sociedad civil que pueden contribuir a estos objetivos.
El peso de la pobreza y la inequidad sobre los sectores humildes de América Latina, está creando “situaciones sin salida” que es imprescindible enfrentar, a través de políticas como las referidas, y otras que aborden los planos trascendentales del empleo, la producción, y diversos aspectos económicos. Es inadmisible que puedan seguir operando “círculos de hierro” como el que capta un informe sobre la familia, de CEPAL (Panorama Social de América Latina, 1997). Señala que “según el país, entre el 72 y el 96% de las familias en situación de indigencia o pobreza tienen padres con menos de 9 años de instrucción”. Ello significa que la pobreza lleva en la región a limitada educación, que a su vez conduce a formar familias cuyos hijos tendrán reducida escolaridad, lo que influirá en mantener destinos familiares de pobreza intergeneracionalmente.
Se podrá argüir que no existen recursos para llevar adelante políticas de familia renovadas. Es necesario, desde ya, hacer todo lo posible para que los países crezcan, mejoren su productividad y competitividad, y se amplíen los recursos, pero al mismo tiempo se hace imprescindible no perder de vista las prioridades finales del desarrollo y se debe procurar protegerlas. Sociedades más pobres que otras tienen sin embargo mejores resultados en términos de familia, porque en sus políticas públicas y sus asignaciones presupuestarias han dado efectivo apoyo a las madres, los niños y las unidades familiares. Asimismo, se deben ampliar los recursos convocando ampliamente a toda la sociedad a participar activamente de políticas de respaldo a la familia. Diversas sociedades avanzadas del mundo cuentan, en este campo, con importantes aportes de la sociedad civil y de trabajo voluntario.
Fortaleciendo la familia se está mejorando el capital humano de la sociedad, palanca del crecimiento económico, y el desarrollo social, y base de la estabilidad democrática, pero incluso, más allá de ello, actuar en esta dirección no es sólo mejorar un medio, hace al fin último de toda sociedad democrática. La familia es una base fundamental para múltiples áreas de actividad, pero es sobre todo un fin en sí mismo. Fortalecerla es dar paso efectivo a las posibilidades de desarrollo de las potencialidades del ser humano, es dignificarlo, es ampliar sus oportunidades, es hacer crecer su libertad real.
Cada hora que transcurre en esta América Latina, afectada por los problemas sociales descriptos, sin que haya políticas efectivas en campos como este, significará más familias destruidas, o que no llegaran a formarse, madres adolescentes, niños desertando de la escuela, jóvenes excluidos. La ética, en primer lugar, la propuesta de pluralismo de la democracia, y el ideario histórico de la región, exigen sumar esfuerzos, y actuar con urgencia para evitarlo.
http://www.valoragregado.com/artman/publish/article_110.shtml
 
 
 
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