LA CARTA PELIGROSA

Autor: Marta Rodríguez Díaz Fuente: Catholic.net

117-1  Hace unos días, el Vaticano dio a conocer una carta dirigida a los obispos de la Iglesia Católica sobre la “Colaboración del Hombre y la Mujer en la Iglesia y en el Mundo”. Según los medios de comunicación social, la Carta fue elaborada por la Congregación para la Doctrina de la fe y aprobada por Su Santidad, Juan Pablo II.

A juzgar por los comentarios que recoge la prensa, pareciera ser más un desacierto de la Iglesia que un documento elaborado para contribuir al análisis de la temática femenina, que es de tanta de actualidad.

Para su presentación, la prensa consultó a sectores tradicionalmente contestatarios a la Iglesia e interesados en desprestigiarla, como es cierto feminismo extremo. Indudablemente, estos sectores se mostraron molestos con el contenido de la Carta por que no apoya sus tradicionales reclamos centrados en la legalización del aborto, la homosexualidad o el sacerdocio femenino, entre otros temas.

Con este manejo mediático desleal, se predispuso anímicamente a la opinión pública logrando que todo su riqueza de contenido quedara opacada. Pocos advirtieron cierto manejo mal intencionado ya que se trata de un documento “interno” de la Iglesia pues está dirigida a sus obispos y no a la opinión pública.

Qué dice la carta
Brevemente, dice lo que tradicionalmente afirma la Iglesia respecto de la mujer pero con algunos tópicos que la transforman en un documento realmente “vanguardista”.

Por ejemplo ratifica su postura ya conocida respecto a la indisolubilidad del matrimonio; la igual dignidad intrínseca entre hombre y mujer; confirma las características antropológicas de cada sexo que afianzan el principio de complementariedad e igualdad en el ser; la esencia maternal física y espiritual de la mujer que enriquece con su aporte a la sociedad; reafirma el principio de la heterosexualidad como constitutivo del matrimonio; sostiene su postura contraria a la homosexualidad; subraya el sentido sobrenatural del celibato y de la virginidad para la Iglesia y, obviamente, ratifica su negativa al sacerdocio femenino.


Por qué molestó
Además de estos “clásicos” de la Iglesia, la Carta enfrenta el caballito de batalla del feminismo radicalizado como es la controvertida ideología de género, que se ha transformado tanto en una “verdad incuestionable”, como en el único parámetro para medir el progreso de la mujer.

Desde la antropología bíblica, derriba los presupuestos reduccionista sobre los que se estructura Género y que se traducen tanto en un prédica constante a favor de la legalización del aborto y de la homosexualidad, como a favor del sacerdocio femenino, entre otros temas. Género afirma que las diferenciaciones antropológicas entre los sexos son construcciones hitórico-culturales.

Es decir contingentes y no pertenecientes a la naturaleza humana. Esta premisa permite avanzar hasta sostener que el ser humano puede ser tanto homosexual como heterosexual y, en consecuencia, tiene igual derecho a conformar una familia con una persona de su mismo sexo. Como efecto cascada, la institución familiar se ve afectada gravemente, aspecto que la Carta pone en evidencia y fundamenta con toda claridad.

En ese sentido, ratifica los principios básicos de la antropología bíblica. Sintéticamente, afirma que el hombre es creado a “imagen y semejanza de Dios”, por ende tanto varones como mujeres poseen la misma dignidad. A partir de esta premisa, sostiene que la humanidad fue creada de forma articulada en la relación de lo masculino con lo femenino. Por esta razón, lo masculino y lo femenino tienen un fundamento ontóligico y no histórico-cultural como pregono Género. La Carta afirma que esas diferencias entre el varón y la mujer son desde el punto de vista relacional y no competitivo o revanchista. Esto supone que son diferencias complementarias y no contrapuestas, como afirma el feminismo radicalizado.

También aborda otro tema capital para ese sector, como es la cuestión de la maternidad y su vinculación con la esencia de la mujer. Género sostiene que es un “estereotipo cultural”, acusando de esencialista a aquellos que afirman que la mujer está constituida para la maternidad. En realidad, no hay que argumenta mucho en este sentido ya que toda la mujer responde a esa “realidad”. La naturaleza nada hacer por que sí, sólo por capricho o por “ideología”. Acorde con esta perspectiva, la Carta sostiene que la maternidad biológica o espiritual es constitutiva de la mujer, aclarando que esto no autoriza a considerar a la mujer sólo desde su facultad procreativa. Este enfoque absolutamente justo y “vanguardista”, muestra el pensamiento equilibrado y actual que la Iglesia propone al mundo para el tratamiento de la temática femenina.

Otros párrafos asumen esta cuestión, pero lo hace con tal delicadeza que parece rendir un homenaje a la feminidad, al don de gratuidad que caracteriza a la mujer- madre, a su fortaleza espiritual, a su insustituible protagonismo en la formación de la persona. Desde esta visión, aboga por una “justa valoración” de la función materna y, sin especificarlo, no es herrado suponer que alude a un reconocimiento también económico. Así mismo, afirma la importancia de una política social que no discrimine a la mujer- madre y facilite la coordinación de esta función con las responsabilidades laborales. Desde aquí, destaca la necesidad de una legislación laboral flexible. Sostiene la importancia del aporte de la mujer para el enriquecimiento de la sociedad, pero... desde su feminidad, no desde un modelo masculinizado.

¿A quiénes afecta?
Pregunta, ¿qué clase de mujer puede sentirse negativamente afectada por esta Carta?

Quizás confronte a los movimientos feministas que abandonaron la genuina lucha para mejorar la condición de la mujer, hoy transformados en “antimaternidad”.

Puede que la Carta sea más que peligrosa para aquellos que hacen de la mujer “pasto para la anticoncepción”, como los que pregonan el control demográfico. En este sentido y sin apartarnos del tema, muchas organizaciones feministas son voceros de estos sectores o coincidentes con sus estrategias.

Es peligrosa por que fundamenta, desde la ley natural y desde las fuentes doctrinales, el porque hay que decir “no” a la nueva avanzada cultural que pregona estilos de vida contrarios a la naturaleza humana y a la familia.

Es peligrosa por que alerta sobre el proceso de transformación cultural que trastoca valores inmutables sin los cuales la sociedad humana se desmorona.

Es peligrosa por que esta dirigida a formar el pensamiento de los obispos de la Iglesia Católica quienes, por efecto cascada, son formadores de formadores: sacerdotes, dirigentes laicos, laicado en general

A esto la Iglesia lo sabe y, por que está convencida, sigue formando a sus miembros a pesar del pataleo que ocasionen sus documentos. Afortunadamente, le preocupa más defender el Bien que quedar bien... Pero a esto, también lo logra.
http://es.catholic.net/comunicadorescatolicos/578/1623/articulo.php?id=19043
 
 
 
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