LAS UNIONES HOMOSEXUALES CONTRA EL óRDEN NATURAL

Autor: José J. Castellanos Fuente: Yo Influyo

Cada vez que se analiza una patología social, suele hacerse referencia, entre las causas de la misma, la problemática familiar. Los estudiosos serios de la antropología, la sociología y la psicología, señalan que la salud de la familia es un factor determinante de la salud personal, y de la salud personal dependerá, también, la salud social. De todo ello se deriva, desde diversas fuentes, la importancia que tiene el apoyo, desarrollo y protección de la familia como célula social básica.



No es el Estado el creador de la familia. Tampoco es la voluntad de las partes la determinante de la misma. La familia tiene un ethos intrínseco, que no depende de elementos caprichosos o circunstanciales, sino de su propia naturaleza. Por ello, cuando se habla de patologías, se hace referencia a desviaciones o disfunciones de las uniones conyugales que, por lo mismo, generan efectos nocivos para sus integrantes.



Así, aunque la unión conyugal es de orden natural y, por lo tanto, anterior a la existencia del Estado, éste siempre ha cobijado e institucionalizado jurídicamente esta forma social básica, pues su salud es de interés pública. Por ello en la legislación civil se reconocen los derechos y obligaciones que se derivan de la propia naturaleza del matrimonio: la procreación de los hijos y la complementación armónica de los esposos. Resulta obvio señalar que en todos los estados de todos los tiempos, las disposiciones jurídicas han seguido, cuando son justas, a la naturaleza de la familia y se vuelven violentas cuando de una forma u otra pretenden imponer condiciones que son contrarias a su naturaleza.



De estas consideraciones surge la oposición natural a la pretensión de equiparar jurídicamente la familia con las uniones entre personas homosexuales, sea cual sea la característica o nombre que se les quiera dar. Se pasa del interés público que en razón del bien común, de la salud personal y social, demanda su protección legal, a una distorsión jurídica que pretende hacer del interés particular una institución pública, que lejos de contribuir al bien común, lo lesiona.



Esta es la razón por la cual la Congregación para la Doctrina de la Fe de la Iglesia Católica, acaba de dar a conocer el documento titulado “Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales” suscrito por el Cardenal Joseph Ratzinger, y arpobado por el Papa Juan Pablo II. Se trata de una recopilación de la doctrina tradicional pero referida al fenómeno recientemente puesto de moda de legislar a favor de las uniones entre homosexuales. Fenómeno del que México no está a salvo, pues la Asamblea Legislativa tiene ya listo un anteproyecto de ley que bajo el nombre de “Sociedades de Convivencia”, pretende institucionalizar jurídicamente este tipo de uniones, equiparándolas con el concubinato, que tiene derechos semejantes a los de la familia.

Sobre el tema, el Vaticano distingue entre el respeto a los homosexuales y el rechazo a unas relaciones que van contra natura. “El respeto hacia las personas homosexuales –dice el documento- no puede en modo alguno llevar a la aprobación del comportamiento homosexual ni a la legalización de las uniones homosexuales. El bien común exige que las leyes reconozcan, favorezcan y protejan la unión matrimonial como base de la familia, célula primaria de la sociedad. Reconocer legalmente las uniones homosexuales o equipararlas al matrimonio, significaría no solamente aprobar un comportamiento desviado y convertirlo en un modelo para la sociedad actual, sino también ofuscar valores fundamentales que pertenecen al patrimonio común de la humanidad. La Iglesia no puede dejar de defender tales valores, para el bien de los hombres y de toda la sociedad.”

Y agrega: “según la enseñanza de la Iglesia, los hombres y mujeres con tendencias homosexuales «deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta ». Tales personas están llamadas, como los demás cristianos, a vivir la castidad. Pero la inclinación homosexual es «objetivamente desordenada», y las prácticas homosexuales «son pecados gravemente contrarios a la castidad ».”



Distingue con claridad la diferencia entre lo público y lo privado que distingue a ambos tipos de relación. “es necesario reflexionar ante todo sobre la diferencia entre comportamiento homosexual como fenómeno privado y el mismo como comportamiento público, legalmente previsto, aprobado y convertido en una de las instituciones del ordenamiento jurídico. El segundo fenómeno no sólo es más grave sino también de alcance más vasto y profundo, pues podría comportar modificaciones contrarias al bien común de toda la organización social.



Finalmente, la Iglesia rechaza la idea de que no reconocer las uniones de homosexuales sea un acto discriminatorio, puesto que en la realidad, “como todos los ciudadanos, también ellos, gracias a su autonomía privada, pueden siempre recurrir al derecho común para obtener la tutela de situaciones jurídicas de interés recíproco. Por el contrario, constituye una grave injusticia sacrificar el bien común y el derecho de la familia con el fin de obtener bienes que pueden y deben ser garantizados por vías que no dañen a la generalidad del cuerpo social.”
http://www.yoinfluyo.com/artman/publish/article_475.shtml
 
 
 
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