DE LA IGUALDAD DE LA MUJER A LA DISCRIMINACIóN DEL SER HUMANO

Autor: ---- Fuente: ForumLibertas.com

Sin duda, una de las tareas más necesarias que debe desempeñarse en nuestra sociedad es conseguir que las oportunidades y las condiciones de vida de la mujer no la discriminen precisamente por su categoría esencial, la de ser mujer. Pero este necesario avance hacia la igualdad de oportunidades y condiciones no puede confundirse con un diseño ideológico que se aplique a través de leyes en un proceso de ingeniería social. Hemos dicho en otras ocasiones que este Gobierno, que bajo el código verbal de lo políticamente correcto incorpora un sectarismo ideológico insólito desde el franquismo, practica el feminismo de la desvinculación que reduce el progreso de la mujer a reconvertirla en muchos aspectos en un hombre y, en otros, a forzar situaciones de perfecta desigualdad.

La mayoría de mujeres españolas trabajan en una doble actividad: la profesión y las tareas domésticas. Esto es una evidencia y todos los discursos que se hacen omitiendo que esto es así, y que debería ser de otra manera, no resuelven el problema. ¿Qué significa resolver el problema? Pues primero que quien se dedique a los trabajos domésticos reciba más y mejores ayudas por parte de la administración. Las personas que se dedican al trabajo en casa en España son las que menos ayuda reciben en el contexto europeo. Tanto llenarse la boca de europeismo y cuando se trata de equipararnos en ayudas a la familia o en este caso a facilitar la labor doméstica, la vibración entusiasta por Europa desaparece. ¿Por qué? Porque ideológicamente quienes nos gobiernan tienen perjuicios contra el trabajo doméstico,. Para ellos estas mujeres, que son el fundamento del país, son simplemente “marujas” a tiempo parcial.

Sólo hace falta observar el brutal nivel de desestructuración familiar, de aislamiento, que presentan la casi totalidad de las ministras del Gobierno socialista. Ellas traducen en políticas para todos su modo de vida, perfectamente respetable en el ámbito de la libertad personal, y plenamente criticable desde el punto de vista del interés social y de las instituciones socialmente valiosas. Una segunda media, que debería aplicarse para igualar las oportunidades de la mujer, sería el reconocimiento económico del trabajo doméstico. La paradoja es obvia. Si fabricamos armas, esto aparece contabilizado en el Producto Interior Bruto (PIB) y constituye una riqueza nacional. El trabajo doméstico, como no tiene contabilización, resulta que no vale nada, lo cual es obviamente falso porque todo el mundo sabe lo que cuesta su substitución.

Si quien se queda en casa trabajando total o parcialmente, hombre o mujer, viera reconocidos sus derechos económicos en su participación en el patrimonio familiar, en el disfrute de los beneficios del sistema de pensiones, y en general de todo lo relacionado con el Estado el bienestar al igual que otras tareas laborales, se habría dado un paso gigantesco para que imperara la justicia. La tercera pieza es la necesaria reordenación de horarios, también con la referencia europea para facilitar la conciliación de vida laboral y hogar.

Estas tres medidas, además, permitirían que, según la voluntad de los cónyuges, fuera más fácil que más hombres pudieran dedicarse a la importante responsabilidad de sacar adelante un hogar porque las condiciones habrían convertido en justo lo que ahora conlleva un enorme sacrificio. Eso sí que sería velar por los intereses de la mujer, en lugar de hablar con los empresarios para que haya algunas mujeres más en los consejos de administración, un juego entre burgueses, o que los equipos de investigación femenina tengan prioridad sobre los masculinos por el simple hecho de estar integrados por mujeres. Un criterio escandaloso reñido con la ciencia y que sólo una mente sectaria, y sin temor al ridículo, puede proponer.
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