¿FUE CORRECTO O NO QUITAR EL TUBO DE ALIMENTACIóN A TERRI SCHIAVO?
La alimentación y la hidratación, aun artificialmente administradas, son parte de los tratamientos normales que siempre se le han de proporcionar al enfermo
Autor: Dr. Miguel Carmena Fuente: Catholic.net

En el caso de la sentencia dictada contra Terri Schiavo, la palabra «eutanasia» no tiene ni siquiera su sentido etimológico, «buena muerte», pues es «cruel», asegura el obispo Elio Sgreccia, presidente de la Academia Pontificia para la Vida.

El prelado acogió con «desconcierto y tristeza» el rechazo por parte del el juez federal de distrito en Tampa (Florida), James Wittemore, de la solicitud urgente de los padres de la mujer con una lesión cerebral para que se volviera a conectar el tubo que le permite alimentarle e hidratarle.

«Tengo que confirmar el juicio moral que no cambia: es un acto ilícito y grave. Es particularmente grave, pues parece que la decisión sobre la vida o muerte de una persona es hoy cuestión de un tribunal», ha afirmado monseñor Sgreccia en declaraciones a «Radio Vaticano».

«Por tanto, confirmo el juicio negativo, no sólo sobre el hecho de que se le hayan quitado los alimentos, sino también sobre la sentencia que trata de legitimar algo así. Espero que estos ejemplos no sean seguidos por otras sentencias semejantes», añadió el prelado este martes.

Monseñor Sgreccia considera la decisión de la justicia estadounidense «no es eutanasia en el sentido literal de la palabra; no es una "buena muerte", es una muerte provocada a través de una forma cruel. No es un acto médico. Se trata de quitar el agua y el alimento para provocar la muerte», añadió.

«Yo creo que quienes han expresado solidaridad a la familia realizan un acto de gran mérito», así como quienes la han defendido públicamente, asegura.

El obispo italiano denuncia por último «un mecanismo de exageración que busca favorecer la legitimación de la así llamada eutanasia, en casos como éste en los que con frecuencia entran en juego intereses de otro tipo».

Los principios éticos que entran en juego en el juicio sobre la eutanasia

En primer lugar hace falta clarificar conceptos.

En segundo lugar hay que recordar los tres principios fundamentales de la ética de la vida: el derecho fundamental e inalienable de toda persona a la vida, la primacía de la persona sobre la sociedad y el deber de la autoridad de respetar la vida inocente.

Jamás es lícito matar a un paciente, ni siquiera para no verle sufrir o no hacerle sufrir, aunque él lo pida expresamente. Nadie tiene la facultad de decidir o provocar la muerte de una persona.

No es nunca lícita ninguna acción que por su naturaleza provoca directa o intencionalmente la muerte del paciente.

No es lícito omitir una prestación debida a un paciente sin la cual va irremisiblemente a la muerte, por ejemplo, los cuidados vitales debidos a todo paciente (alimentación por tubo y remedios terapéuticos normales) aunque sufra un mal incurable o esté en fase terminal o incluso en coma irreversible.

Es ilícito rehusar o renunciar a cuidados y tratamientos posibles y disponibles, cuando se sabe que resultan eficaces, aunque sea sólo parcialmente. En concreto, no se ha de omitir el tratamiento a enfermos en coma si existe alguna posibilidad de recuperación, aunque se puede interrumpir cuando se haya constatado su total ineficacia. En todo caso siempre se han de mantener las medidas de sostenimiento.

No existe la obligación de someter al paciente terminal a nuevas operaciones quirúrgicas, cuando no se tiene la fundada esperanza de hacerle más llevadera su vida.

Es lícito suministrar narcóticos o analgésicos que alivien el dolor, aunque atenúen la consciencia y provoquen de modo secundario un acortamiento de la vida del paciente. Siempre que el fin de la acción sea calmar el dolor y no provocar directamente un acortamiento sustancial de la vida. En estos casos, la moralidad del acto depende de la intención con que se haga y de que exista de verdad una debida proporción entre lo que se logra (disminución del dolor) y el efecto negativo para la salud (ver los casos de “doble efecto” en: El Amor es más fuerte, Miguel Carmena Laredo, Ed. Diana, México, D.F. 1996, p.191).

Es lícito dejar de aplicar tratamientos desproporcionados a un paciente en coma irreversible cuando haya perdido toda actividad cerebral. Pero no lo es cuando el cerebro del paciente conserva ciertas funciones vitales, si esa omisión provocase la muerte inmediata.

Las personas minusválidas o con malformaciones tienen los mismos derechos que las demás personas en lo que se refiere a la recepción de tratamientos terapéuticos. Esto se aplica a la fase prenatal y postnatal.

El estado no puede atribuirse el derecho de legalizar la eutanasia pues la vida del inocente es un bien que supera el poder de disponer de ella tanto por parte del individuo como del estado (nadie se da a sí mismo la vida).

La eutanasia es un crimen contra la vida humana y contra la ley divina, del que se hacen responsables todos los que intervienen en la decisión y ejecución del acto homicida.

Juicio ético sobre la eutanasia

Rechazo a la eutanasia propiamente dicha. Nada ni nadie puede autorizar el dar muerte a un ser humano inocente sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie, además, puede solicitar ese gesto homicida para sí mismo o para otro del que sea responsable, ni puede consentir en él explícita o implícitamente. Se trata, en efecto, de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad.

El fundamento de la ética es el respeto de la verdad del hombre, el respeto de la persona tal como ella es. Otro fundamento verdadero no se le puede dar a la ética (el fundamento último del valor moral no es la vida, sino la dignidad del ser humano -como se ve en el martirio-). La ética guía al hombre desde el “ser” hasta el “deber ser”. Los otros criterios están constituidos por la utilidad de alguien en detrimento de algún otro; por el poder de unos sobre otros, por la eficacia de este poder cada vez más amplio para algunos, cada vez más opresor para otros. La verdad del hombre es que él no se da la vida a sí mismo, ni se la da el estado, la recibe como un don.

Uso proporcionado de los medios terapéuticos.La muerte, con los sufrimientos que suelen acompañarla y precederla sigue angustiando al hombre. Es muy importante proteger hoy, en el momento de la muerte, la dignidad de la persona humana y la concepción cristiana de la vida contra un tecnicismo que amenaza volverse abusivo. Algunos hoy hablan de “derecho a la muerte” no como el derecho a darse o hacerse dar muerte, sino a morir con entera tranquilidad, con dignidad humana y cristiana.

Hay unos criterios nuevos que mejoran la distinción entre medios ordinarios y extraordinarios. Ya no se habla de “medios ordinarios” y “medios extraordinarios”. La razón es que muchos medios que antes eran extraordinarios ahora ya no lo son y se hacía difícil distinguir. Además, la reanimación y los nuevos medios de terapia intensiva han permitido salvar muchas vidas. Por eso se ha buscado otro criterio de referencia que se basa no ya en el “medio terapéutico”, sino en el “resultado terapéutico”. Así, hoy se prefiere hablar de “medios proporcionados” y “medios desproporcionados” de acuerdo a los resultados. Esto no quita que no se sigan evaluando los medios de acuerdo al tipo de terapia, el grado de dificultad y el riesgo que comportan, los gastos necesarios y las posibilidades de aplicación teniendo en cuenta las condiciones del enfermo y sus fuerzas físicas y morales.

Así, se ofrecen ahora cuatro criterios muy útiles:

- A falta de otros remedios, es lícito acudir con el consentimiento del enfermo, a los medios de que dispone la medicina más avanzada, aunque se encuentren todavía en estadio experimental y no estén exentos de cierto riesgo.

- Es lícito también interrumpir la aplicación de tales medios, cuando los resultados frustren las esperanzas puestos en ellos. Pero al tomar una decisión de este género se deberá tener en cuenta el justo deseo del enfermo y de sus familiares así como el parecer de los médicos verdaderamente competentes.

- Es lícito siempre contentarse con los medios normales que la medicina puede ofrecer. Por tanto, no se puede imponer a nadie la obligación de recurrir a un tipo de cuidados que, aunque ya se estén utilizando, sin embargo no están exentos de peligro o son muy costosos.

- En la inminencia de una muerte inevitable a pesar de los medios utilizados, es lícito en conciencia tomar la decisión de renunciar a tratamientos que proporcionarían una prolongación precaria y penosa de la vida, sin interrumpir no obstante los cuidados normales debidos al enfermo en casos semejantes (incluye la alimentación, la hidratación, las aspiración de las secreciones bronquiales y la limpieza de las escaras).

Rechazo del ensañamiento terapéutico y de la distanasia.

El “ensañamiento terapéutico” y la distanasia es prolongar la vida a toda costa. Para determinar bien esto vamos a meternos en un tema muy difícil que es el del llamado “juicio de muerte” (¿cuándo se sabe que una persona está muerta?). La Carta de Ginebra de 1968 define el estado de muerte cuando se determinan los siguientes datos que hay que considerar en sentido acumulativo: cese de toda señal de vida de relación, ausencia de respiración espontánea, atonía muscular y falta de reflejos, caída de la presión arterial cuando deja de ser sostenida farmacológicamente y trazo encefalográfico plano (EEG). Hoy se habla de muerte cuando se determina la muerte cerebral total, es decir, la muerte del encéfalo, aunque esto no impide considerar de modo especial algunos casos de pacientes en coma:

- En el caso del coma considerado reversible es obligatorio utilizar todos los medios disponibles porque la posible o probable recuperación de la vida merece cualquier tipo de sacrificio económico o de servicio. Esto es más necesario en cuanto que el paciente en coma no puede expresarse y dar su consentimiento. Por tanto, recae sobre los familiares y el médico el deber de hacer todo lo posible mediante los medios de reanimación, incluso extraordinarios, siempre que estén disponibles.

- Cuando según el juicio de los expertos se presenta el coma irreversible, persiste la obligación de los cuidados ordinarios (hidratación y nutrición incluídos), pero no se está obligado a aplicar medios particularmente agotadores y onerosos para el paciente condenándolo a una prolongada agonía vivida sin posibilidad de recobrar la conciencia y la capacidad de relación. En este caso se tendría un “encarnizamiento terapéutico”. No es fácil dar este juicio cobre la irreversibilidad del coma y las condiciones de recuperar la conciencia.

- Prolongar la vida de una manera puramente aparente y totalmente artificial una vez que las funciones cerebrales han cesado de una manera total e irreversible, como se puede comprobar ahora mediante un encefalograma plano y los signos de muerte de todas las zonas del encéfalo sería una ofensa al moribundo y a su muerte además de un engaño para sus familiares.

El encefalograma plano es señal de irreversibilidad si se mantiene por un cierto tiempo (6 horas según la ley italiana para poder proceder a un transplante de órganos). Esto es porque se han dado señales de recuperación incluso después de este signo. Por eso hay que tomar también otros parámetros para detectar la muerte como es el llamado “PTEC” o potencial evocado del tallo cerebral.

Uso de los analgésicos.

Si no hay otro medio de aliviar el dolor, es lícito usar analgésicos aunque esto pueda comportar un riesgo de acortar la vida. Es lícito el uso de los analgésicos que privan del uso de la conciencia con tal que el paciente haya tenido oportunidad de cumplir con sus deberes religiosos y morales para consigo mismo, para con su familia y con la sociedad. Por ello, no es lícito privar al moribundo de la conciencia de sí sin un motivo grave. Hay que pedir el consentimiento del paciente y hay que evitar que con dosis masivas de analgésicos (opiáceos) se practique en la práctica de la eutanasia de modo consciente y oculto.

La verdad al enfermo terminal.

En este tema hemos visto aparecer muchas veces el “consentimiento del paciente”. Este consentimiento requiere una información sobre la situación real de lo que le está pasando. Se pueden dar los siguientes criterios éticos:

- Para que haya una decisión moral es preciso conocer la verdad. Por ello hay que evitar tener un comportamiento de falsedad con el enfermo. Él tiene el derecho de saber y ser informado y también de prepararse para una muerte digna. Pero esto podría volverse contraproducente si el paciente llegara a adivinar la verdad de lo que le sucede, cosa bastante probable.

- La información debe darse en el ámbito de una comunicación humana. Hay que escuchar al enfermo y después explicarle lo que tiene. El enfermo busca solidaridad y estar acompañado, poder comunicarse y sentir que se comparte su situación.

- La verdad que hay que comunicar debe estar proporcionada a la capacidad del sujeto para recibirla saludablemente. Hay, pues, que comunicársela poco a poco, adaptándose a sus fases psicológicas y hay que prepararle en el estado anímico más favorable posible sabiendo detenerse en el momento preciso. Nunca hay que cerrar toda esperanza pues en realidad en medicina nunca se dan previsiones absolutas.

- No hay que ocultar la gravedad de la situación en su sustancia a un paciente antes de morir especialmente cuando tenga que afrontar decisiones importantes. Siempre está además el deber-obligación del paciente a prepararse para una buena muerte.
http://es.catholic.net/bioetica/342/1297/articulo.php?id=4754
 
 
 
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