EL PAPA DEL SIGLO XXI

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Para entrever el futuro, hace falta captar el momento presente, es decir, la elección. Ha sido muy rápida, poco más de 24 horas, lo que significa, dada la exigencia de un mínimo de dos tercios de los votos, una convergencia clara de la opinión de los cardenales electores, la existencia de un consenso sólido. Esta situación se ha dado pese a que Joseph Ratzinger tenía en contra, o al menos no le eran favorables, una serie de factores: Es alemán y no es tradicional que el papado corresponda a una persona de una gran potencia, especialmente Estados Unidos o Alemania. Era un candidato “favorito” que entraba como Papa y, por lo tanto, debía haber salido como cardenal. Fue la mano derecha de Juan Pablo II y participó muy substancialmente de un largo papado y, finalmente, tuvo la honestidad de presentar, en su ya famosa homilía con motivo de la muerte del Santo Padre, una clara y nítida propuesta para la Iglesia, que precisamente por su claridad y compromiso corría el riesgo de despertar recelos. Ha sido todo lo contrario.

Es como persona, recordémoslo, un teólogo básico del Concilio Vaticano II, lo que significa que lo conoce de una manera impecable. Tiene experiencia pastoral, como arzobispo de Munich, y es uno de los pocos cardenales montinianos de quedan. Se olvida a menudo que fue Pablo VI quien lo proclamó. Los que lo conocen dicen que tiene una personalidad apacible, dialogante y sobre todo humilde, como ya lo ha manifestado en su primera y breve intervención. Conjugar esta virtud con su potencial intelectual, que nadie le discute, no es una característica habitual en las personas. Ha dicho que “la bondad implica la capacidad de saber decir no”. Los padres, y de hecho todos aquellos que han tenido o tenemos responsabilidades en organizaciones y empresas, sabemos que esta afirmación es bien cierta. No cabe todo en la Iglesia; no todo es igual en la vida ni en la sociedad. El “no”, cuando nace además de una gran proposición como la que hace la Iglesia a cada persona en singular y a la humanidad en su conjunto, es la consecuencia necesaria de la propia bondad de la propuesta.

Muy posiblemente el papado de Ratzinger estará orientado por los dos primeros nombres mencionados. Habló de Juan Pablo II en su primera intervención como Papa. La consolidación del extraordinario capital espiritual y moral logrado por el Santo Padre polaco es una necesidad obvia por la magnitud de su impacto y atractivo, como ha quedado bastamente demostrado. Pero a la vez, ha elegido el nombre de Benedicto XVI, y este hecho marca un contrapunto con el anterior. Nos señala la labor de un Papa que fue un buen reformador (estableció un nuevo Código de Derecho Canónico en 1919), fue el hombre que trabajó por la paz en Europa cuando había estallado la Primera Guerra Mundial, impulsó la presencia de los católicos en la vida pública, y así nació el Partido Popular Italiano de Dom Esturtzo, que después sería la Democracia Cristiana, e impulsó la obra misionera con una encíclica fundante: Maximum Illud.
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